—¡Fidel!
Zaira por fin reaccionó y dio un paso al frente, colocándose delante de Fidel para protegerlo.
—¡Fidel, tu cara!
Al ver la marca de una palmada en el rostro de Fidel, el corazón de Zaira se retorció de dolor.
—¡Fidel, ¿estás bien?!
En ese momento, Fidel fulminó a Candela con la mirada, pero al notar que sus ojos estaban a punto de desbordarse en llanto, sintió como si una aguja diminuta le pinchara el corazón. No dolía, pero lo sentía con una nitidez imposible de ignorar.
Se obligó a tragarse esa sensación extraña.
—¡Candela! ¿Qué pretendes? ¿Quién te dio permiso de salir? ¡Vete de aquí en este instante!
Candela miraba a los dos parados frente a ella. Creía que ya no le quedaba ni una pizca de esperanza en Fidel, que no importara lo que él hiciera, ya nada la lastimaría por su culpa.
Pero nunca imaginó que Fidel, por proteger a Zaira, sacrificaría el futuro de ella. ¿Cómo no iba a odiarlo?
—¡Fidel!
Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no perder el control, para no dejar que las lágrimas rodaran delante de ese tipo.
—¿Con qué derecho me tienes encerrada? ¿Por qué no me dejaste ir a la entrevista?
¿Que qué quiero? ¡Quiero que todos sepan que eres un infiel, que andas con tu exesposa mientras seguimos casados! ¡Te voy a denunciar por secuestro y por impedirme presentar el examen de ingreso universitario!
¡Te juro que vas a pagar por esto!
Candela estaba tan alterada que todo su cuerpo temblaba. Pero para Fidel, esa desesperación solo le parecía vergonzosa.
Con el ceño fruncido, puso a Zaira a su espalda, como si temiera que Candela pudiera hacerle daño.
—¿De verdad crees que no sé lo que eres capaz de hacer? ¿A poco tú puedes presentar ese examen? ¡Deja de poner en ridículo a la familia Arroyo!
¡Te advierto, Candela! Si te atreves a decir una palabra más, vas a pagar un precio que no te imaginas.
Sin darle tiempo de reaccionar, le sujetó la muñeca y la llevó a rastras hacia su carro.

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