Las palabras de Dayana se clavaron en el corazón de Candela como una lluvia de agujas diminutas y filosas, una tras otra, sin dejarle espacio para respirar.
El dolor en su cuerpo no era nada comparado con la forma en la que Dayana la miró, como si esa mirada pudiera atravesarla por completo.
Fidel notó que Candela estaba lastimada; su cara se veía tan pálida que parecía que se desmayaría en cualquier momento.
Trató de acercarse para sostenerla, pero Dayana lo aferró del brazo con fuerza, obligándolo a que fuera a ver cómo estaba Zaira.
Era la primera vez que Dayana se encontraba en una situación así; el miedo la tenía hecha un mar de llanto, con la voz entrecortada y el pecho sacudiéndosele.
—No pasa nada, mamá está bien, mi amor, no llores —dijo Zaira, abrazando a su hija, mientras Fidel se acurrucaba junto a ellas, envolviéndolas con su cuerpo, como si de esa forma pudiera protegerlas de todo mal.
Candela, de pie frente a esa imagen de “familia feliz”, se sintió más derrotada y humillada que nunca.
Pensó que después de todo lo que había soportado, ya no le quedaban lágrimas para estas cosas.
Pero su corazón, necio y testarudo, se empeñó en doler justo ahora, hasta dejarla sin aliento.
Se puso de pie tambaleándose, los ojos enrojecidos, negándose a dejar que una sola lágrima resbalara por su mejilla.
Sacó el celular, encendió la cámara y empezó a tomar fotos.
—¿Qué crees que estás haciendo? —espetó Fidel, frunciendo el entrecejo.
Candela registró cada rincón de la habitación, y al final, enfocó la cámara en ese cuadro perfecto de Fidel, Zaira y Dayana juntos.
—Por supuesto que estoy juntando pruebas de tu infidelidad —contestó, sin molestarse en mirar a Fidel, revisando las fotos en la galería.
—Firma el acuerdo de divorcio. Si te niegas, voy a publicar estas fotos.
Sé que en toda Ciudad Solsticio, y hasta en el país entero, casi ningún medio se atrevería a sacar tus escándalos, pero yo puedo subirlas directo a internet. Los usuarios seguro se van a volver locos.
Fidel se irguió, avanzando hacia Candela con pasos lentos pero firmes.
Su presencia imponía tanto que parecía haber salido del mismísimo infierno; la habitación se llenó de una tensión que heló el aire.
Candela nunca había visto a Fidel así.
Sintió miedo, un miedo que le taladró el estómago, pero su orgullo, ya hecho pedazos, la obligó a mantenerse firme.
Enderezó la espalda, levantó el mentón y enfrentó la mirada de Fidel sin parpadear.
Ese gesto solo lo enfureció más.

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