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Mi Hija Llama Mamá a Otra romance Capítulo 132

Candela cayó pesadamente en el sofá, sintiendo un dolor sordo en el cuerpo, aunque en realidad, ya nada se comparaba con la tormenta que traía en el corazón. El dolor físico se desvanecía frente al vacío que la consumía por dentro.

Se sentó, tratando de recobrar la compostura.

—Este es mi espacio, el que debería largarse eres tú —dijo con los ojos enrojecidos.

—De verdad que no entiendo, ya acepté el divorcio, ¿por qué insistes en negarte? ¿Acaso te emociona engañarme? ¿O será que todo tu poder como presidente de Grupo Arroyo depende de estar casado conmigo? ¿Eso es lo único que puedes hacer?

La vena en la frente de Fidel se marcó con fuerza, a punto de estallar. Nadie se había atrevido a hablarle así. Y mucho menos Candela, aquella mujer que en su momento solo tenía ojos para él.

Una voz sorda y hostil le brotó en el fondo del pecho: tenía que someter a Candela, doblegarla hasta que volviera a ser la de antes, costara lo que costara. Ese pensamiento apenas nació y enseguida echó raíces, creciendo con rapidez.

Fidel la observó entrecerrando los ojos, como si calculando el siguiente movimiento. No era ningún novato en el mundo de los negocios; había sobrevivido a docenas de rivales y no había llegado tan lejos por casualidad.

Candela todavía no conocía ni una mínima parte de sus métodos.

—Eres lista, sabes que si seguimos así, los dos acabaremos perdiendo. Ya sé que tienes el respaldo del profesor Marcos y también sé todo lo que eres capaz de lograr. El abogado Fernández, con quien te pusiste en contacto, tampoco es ningún improvisado.

Fidel hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran hondo.

—Todos ellos te los presentó Antonia, ¿verdad? ¿Qué crees que pasaría si decido meterme con la galería de Antonia? ¿Crees que no puedo?

El mensaje era directo, sin necesidad de disfrazar la amenaza. Y, aunque sonara cruel, tenía razón: si seguían en esa guerra, ambos terminarían arruinados. Candela ya había metido en problemas a su hermano, ¿iba ahora a arrastrar también a Antonia?

—Eres un miserable, Fidel —le lanzó Candela, con el orgullo destrozado.

Esta vez, Fidel no se molestó. Se limitó a responder con frialdad:

—Piénsalo bien: ¿quieres que los dos terminemos destruidos o prefieres aceptar lo que te propongo?

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