—¡Eres un desgraciado!
Mientras insultaba, Candela levantó la mano, decidida a soltarle otro golpe.
El primer golpe fue tan repentino que Fidel quedó aturdido, sin saber ni cómo reaccionar.
Por suerte, logró apartarse antes de que la siguiente bofetada lo alcanzara.
—¡Candela! —soltó con voz tajante.
Fidel encendió la lámpara junto al sofá y, al mirar de nuevo a Candela, se dio cuenta de que estaba completamente borracha.
Ella, con los ojos entrecerrados, le gritaba insultos a una figura decorativa que tenía enfrente, como si fuera una persona de verdad.
—¡Fidel, eres un maldito perro! ¡$%&*#!
La cara de Fidel ya estaba tan oscura como una noche sin luna.
Candela estaba tan perdida que confundió el adorno con él.
Apenas entonces Fidel se dio cuenta de lo malhablada que podía ser su señora Arroyo cuando estaba borracha. Sus palabras eran tan pesadas que a cualquiera le dolería escucharlas.
Con el ceño arrugado, Fidel decidió actuar. Sin pensarlo más, cargó a la mujer escandalosa del sofá y la subió a su hombro como si no pesara nada.
De pronto, al sentir que sus pies dejaban el suelo, Candela se asustó. Empezó a forcejear y a manotear descontrolada.
—¡Ah! ¿Quién eres? ¡Auxilio! ¡No quiero subirme a una montaña rusa! ¡Me da miedo, ahhh!
Fidel resistió la algarabía de Candela, que retumbaba en sus oídos.
Le dio una palmada en el trasero, tratando de calmarla.
—¡Ya cálmate!
No estaba claro si es que su fuerza había sido mucha, o si la borrachera de Candela ya no le permitía razonar, pero de repente soltó un llanto y... vomitó de golpe.
Todo el vómito le cayó encima a Fidel.
Al parecer, después de vaciar el estómago, Candela al fin se tranquilizó, quedándose en silencio.
Fidel, en cambio, tenía la cara tan tensa y oscura que parecía que iba a estallar.
Si no conociera bien el carácter de Candela, o si no supiera que ella ni siquiera sabía que él estaba en la habitación, juraría que se lo hizo a propósito.
Le quitó la chaqueta, la dejó en la cama y puso a Candela sobre el colchón. Luego, con gesto de asco, olfateó la peste que tenía adherida a su cuerpo.

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