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Mi Hija Llama Mamá a Otra romance Capítulo 90

Ese día, el maquillaje de Candela era impecable. Bajo la luz del reflector, incluso desde lejos, resaltaban sus largas pestañas y esos ojos que parecían tener vida propia.

Fidel, incómodo, se ajustó la corbata y desvió la mirada para no verla más.

En ese momento, un trabajador del canal de televisión se acercó para avisarles.

—Sr. Fidel, por favor prepárese, ya casi empezamos.

—Está bien —respondió él, con voz firme.

Candela ya se encontraba a su lado. Fidel, al notar su anular sin anillo, frunció levemente el ceño, aunque no dijo nada.

Justo en ese instante, el conductor los invitó a subir al escenario. Fidel tomó la mano derecha de Candela y la guio hacia el escenario, como si todo fuera parte de una coreografía ensayada.

La entrevista, aunque se anunciaba como una charla con ambos, en realidad se centraba primero en presentar el Grupo Arroyo. Candela, sentada al costado, parecía más adorno que participante, acompañando a Fidel con sonrisas y aplausos en los momentos justos, sobre todo cuando se hablaba de sus logros empresariales.

De pronto, el conductor desvió la atención.

—Sra. Arroyo, ¿por qué no nos cuenta cómo conoció al Sr. Fidel?

Candela se quedó callada unos segundos.

Sabía que esa pregunta estaba en el guion y también conocía la respuesta que el equipo de producción había preparado para ella. Sin embargo, en ese momento entendió que si no decía lo que sentía ahora, tal vez nunca tendría otra oportunidad. No era para que Fidel entendiera sus sentimientos, sino más bien para darse a sí misma una explicación, para cerrar el ciclo de once años amándolo.

—La primera vez que lo vi fue cuando yo estaba por graduarme. Él fue invitado a mi prepa para dar una plática a los que estábamos por salir.

...

Candela habló en voz baja, pero cada palabra salía cargada de emoción. Aprovechó esa pequeña grieta en el guion para confesar, frente a todos, ese amor silencioso que había guardado durante once años.

Contó cómo, entre una multitud, bastó una sola mirada para que él se quedara grabado en su mente; cómo, al graduarse, la alegría de saber que podía casarse con el hombre que amaba la llenó por completo.

Por fin, Candela tenía oportunidad de contarle a ese hombre lo que guardaba en el pecho. Solo que, para entonces, ese amor ya no existía. Ningún sentimiento, por intenso que fuera, podía sobrevivir cinco años de desdén y desgaste.

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