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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 115

En la enfermería de Chiquitolandia.

Cristian no esperaba ver a Leonardo allí.

Mirando al niño con la mejilla hinchada en brazos de Leonardo, se disculpó:

—Señor Rojas, lo siento.

Leonardo lo miró inexpresivo.

—No es a mí a quien debes pedirle perdón.

Cristian bajó a Ulises de sus brazos.

Ulises no paraba de hipar por el llanto y tenía los ojos hinchados. Cristian le dio un empujoncito en la nuca y el niño dio un paso adelante, con la cabeza gacha.

Después de un rato, apretó los puños y dijo:

—Perdón. No debí empujarte ni pisar tu juguete. Por favor perdóname.

Emilio miró a Leonardo, recordando lo que este le había dicho, y luego le dijo a Ulises:

—Te perdono.

Cristian miró al guardaespaldas detrás de él y le dijo a Leonardo:

—Señor Rojas, ¿hablamos afuera?

Leonardo acostó a Emilio en la camilla, le dio unas instrucciones y siguió a Cristian a una habitación vacía.

Cristian le ofreció un cigarro. Leonardo lo tomó pero no lo encendió.

—Tengo que cargar a Emilio al rato.

Cristian pensó que él también tendría que cargar a Ulises, así que tampoco lo encendió.

—Aarón —llamó.

Aarón, el guardaespaldas, tembló. Caminó hasta quedar frente a Leonardo, se puso de rodillas y se dio una bofetada.

—Perdón.

Leonardo jugaba con el cigarro en la mano, sin decir nada ni mirarlo.

Aarón recordó las palabras de Cristian. Si Leonardo no hablaba, él no podía parar.

Aarón siguió abofeteándose la cara, una y otra vez. No fue hasta después de un buen rato que Leonardo habló.

—Suficiente. —Lo miró con frialdad—. Lárgate. Que no te vuelva a ver.

Cuando Cristian y su hijo se fueron, Nerea entró a la enfermería con un oso de peluche nuevo.

—Emilio, ten.

Emilio miró el juguete nuevo, lo abrazó feliz y frotó su mejilla sana contra él.

—Tía, ¿fuiste a ganar otro?

Nerea miró su carita hinchada, sintiendo culpa y dolor. Se le humedecieron los ojos.

—Perdóname.

Emilio le tomó la mano.

—No fue tu culpa, tía. Y me ganaste un juguete, estoy muy contento. Gracias, tía.

Leonardo le pasó un pañuelo de papel.

—En serio no fue tu culpa, no te lo tomes a pecho.

Leonardo echó un vistazo y dijo:

—Sin problema.

Con cincuenta aros se llevaron cuarenta premios. El dueño tuvo que buscarles dos bolsas grandes para que cupiera todo.

Mansión Vega.

—Cris, ¿Ulises está bien? —Isabel abrió la puerta, se puso las pantuflas con toda naturalidad y entró a la sala.

Cristian fue a recibirla y le tomó el bolso.

—¿Qué haces aquí?

—Estaba preocupada. —Isabel miró alrededor—. ¿Y Ulises? Le traje un juguete.

—Acabo de dormirlo —dijo Cristian con cara de agotamiento—.

—¿Ya quedó lo de la casa?

—Ya quedó, no te preocupes por eso. —Isabel puso cara de dolor—. Debes estar cansado. Ve al sofá, acuéstate y te doy un masaje.

Salomé estaba dolida por el golpe de Emilio, naturalmente, pero por respeto a Doña Belén y a Nerea no dijo nada.

La que sí lloró fue Doña Belén.

Salomé tuvo que consolarla:

—No pasa nada, Belén. Los niños son de hule, es normal que se lastimen. Unos cuantos golpes los hacen crecer.

—Mi tío dice que los hombres no tienen miedo al dolor. Soy un hombre, no me duele nada.

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