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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 401

Nerea, sintiéndose humillada, tomó su pijama conservadora y entró al baño.

Cuando salió, ya cambiada, Cristian estaba profundamente dormido en su lado de la cama.

Dormían separados: Nerea de un lado, Cristian del otro, con un espacio entre ambos que ninguno se atrevía a cruzar. Si Nerea cruzaba esa línea, Cristian se levantaba y se iba a dormir al estudio.

Sin embargo, al Cristian de treinta y dos años —que observaba la escena como un espectro— le pareció que Nerea se veía sumamente seductora con ese camisón. Su piel era pálida y fría por naturaleza; envuelta en ese encaje negro, proyectaba una sensualidad contenida, casi prohibida.

Pero el Cristian de veintiocho años estaba ciego.

El Cristian de treinta y dos años anhelaba lo que ya no podía tener.

En este recuerdo, el escenario había cambiado. El Grupo Vega había resurgido de las cenizas, convirtiéndose en la corporación más rica de Puerto San Martín.

Isabel vio las noticias sobre el éxito de Cristian y regresó al país a propósito.

Averiguó el club privado que frecuentaba Fabián Álvarez y se quedó allí cazando la oportunidad, hasta que finalmente logró «toparse por casualidad» con Cristian.

Como era de esperarse, el Cristian de veintiocho años mordió el anzuelo y comenzó una aventura con Isabel.

El Cristian de treinta y dos años, al verlos juntos, sintió náuseas. Eran un par de miserables.

Sentía asco de su propio yo del pasado. Si él mismo se repugnaba, ¿qué habría sentido Nerea?

¿Cuánto asco le tendría ella?

Cristian e Isabel empezaron a dejarse ver juntos, asistiendo a banquetes y eventos, hasta que los medios los captaron.

Naturalmente, Nerea vio las noticias.

Se quedó pasmada mirando la pantalla, con un cuchillo y una manzana en las manos. No se dio cuenta de que el filo se había desviado hacia su piel hasta que Laura, la empleada, gritó alarmada.

La sangre le cubría la mano.

Laura trajo el botiquín de primeros auxilios a toda prisa; ella también había visto las noticias.

—Señora, si le afecta tanto, espere a que el señor regrese y pregúntele de frente. Usted es su esposa, tiene todo el derecho de pedir explicaciones.

Nerea bajó la mirada y soltó una risa amarga.

—Está bien.

Pero pasaron varios días y Cristian no volvió a casa.

Cuando Nerea lo llamaba, él colgaba o simplemente no contestaba.

La única vez que se estableció la conexión, fue Isabel quien contestó.

—Bueno, ¿quién habla?

Nerea apretó el celular con fuerza.

—¿Acaso el número no tiene nombre guardado?

Isabel respondió con una risa ligera:

—No, fíjate que no. Por eso pregunto, ¿quién eres? ¿Qué quieres con Cris? Ahorita se está bañando, pero si es urgente, dime y yo le paso el recado.

—No es necesario.

Nerea colgó el teléfono. Sus ojos se enrojecieron al instante.

Esa noche, Ulises tuvo fiebre alta. Nerea lo llevó sola al hospital y veló su sueño toda la madrugada. Cristian no apareció en el hospital hasta el día siguiente.

Lo primero que Nerea vio fue la marca de labial en el cuello de su camisa.

Cuando él se acercó, incluso pudo percibir el perfume de otra mujer impregnado en su ropa.

Fueron a las escaleras de emergencia para hablar.

Nerea señaló el cuello de su camisa.

—Tienes una marca de labial.

Cristian bajó la vista, se limpió con indiferencia y dijo:

—¿Me hiciste venir solo para eso?

—¿No piensas darme una explicación?

—¿No viste las noticias? Isa regresó. Ella es mi primer amor, y sabes perfectamente que a quien quiero es a ella. Si no fuera porque tú me tendiste una trampa, nunca habríamos terminado. Ella sería mi esposa.

—Ya te he dicho que yo no tuve nada que ver con lo que pasó esa vez.

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