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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 403

Cristian las siguió hasta la casa de Rocío.

Era un cuarto de renta muy pequeño, con solo una habitación y un baño diminuto.

La cocina, la sala, el comedor y el dormitorio estaban todos en el mismo espacio.

Cristian vio de inmediato una foto en blanco y negro sobre un mueble: un hombre y una mujer. Eran los padres adoptivos de Rocío.

Si Francisca seguía viva, ¿por qué en su sueño estaba muerta?

Igual que los padres de la familia Galarza.

Rocío le buscó algo de ropa a Nerea y le dijo que se diera un baño.

Rocío cocinó unas empanadas congeladas y preparó un par de guisados sencillos. Esa fue su cena de Navidad.

Sencilla, pero con el aroma reconfortante de la comida casera.

Después de bañarse, Nerea tenía mejor semblante.

Rocío la llamó:

—Ven a cenar.

Nerea también vio las fotos.

—Quisiera encenderles una veladora a los señores.

Ambas comieron su cena navideña mientras veían los fuegos artificiales por la ventana.

Después de comer, Nerea se ofreció a lavar los platos.

Cuando terminó y se dio la vuelta, vio que Rocío le extendía un sobre.

—Feliz Año Nuevo, que todo te salga bien.

Al ver el sobre, los ojos de Nerea se llenaron de lágrimas. No esperaba recibir un regalo ni buenos deseos.

Tomó el sobre con solemnidad, atesorándolo, y lo apretó contra su pecho.

—¡Gracias, Rocío!

Rocío sonrió y dijo:

—Gracias a ti también por acompañarme en Año Nuevo.

Dentro del sobre estaban los cien pesos que Rocío le había ofrecido antes.

A media noche, Nerea tuvo fiebre alta. Afortunadamente, cuando Rocío la trajo, pasaron por una farmacia de 24 horas y compró medicina para la fiebre.

Rocío lo había previsto.

Le sirvió agua, le dio la medicina y le puso toallas húmedas en la frente con una paciencia infinita.

Para ser una extraña, la trató con una gentileza extrema.

Cristian observaba desde un lado, y ese tenue lazo de sangre finalmente despertó en su corazón.

Juró en silencio: «Cuando despierte de este sueño, trataré bien a Rocío».

Cuidaría y apoyaría a Rocío; a pesar de haber sufrido tanto, seguía siendo amable y noble.

Al día siguiente, la fiebre de Nerea bajó. No quería seguir molestando, pero Rocío sonrió y le dijo que no había problema.

—Si no tienes a dónde ir, puedes quedarte aquí. De todos modos estoy sola, sin amigos ni familia, y es muy solitario.

—¿No te da miedo que sea una mala persona? —preguntó finalmente Nerea, expresando su duda.

Rocío sonrió:

—Tus ojos no parecen los de una mala persona. Además, ¿qué me pueden robar? Soy tan pobre que solo me tengo a mí misma.

Nerea fue al cementerio.

Cuando Emilia la visitó, le contó la situación de su familia, así que sabía dónde estaban enterrados sus padres.

Al pensar en Emilia, recordó que nunca le contestaba el celular y luego la línea aparecía desconectada. No sabía qué le había pasado.

Planeaba buscarla en cuanto terminara de visitar a sus padres.

En el cementerio.

—¡Nerea! —Se lanzó para abrazarla.

Pero la escoba lo atravesó y golpeó pesadamente el cuerpo de Nerea.

En ese instante, entendió lo que significaba que te duela en el alma el golpe que recibe otro.

Nerea se marchó con el alma en los pies. Finalmente, fue a la mansión de la familia Aranda.

La detuvieron afuera de la villa. Un coche de lujo pasó a su lado; vio a Isabel y a Cristian dentro.

La ventanilla bajó, revelando el rostro altivo de Cristian:

—Si ya saliste de la cárcel, compórtate. ¿Qué haces aquí?

—¿Viniste a ver a Ulises? —preguntó Isabel.

Sin esperar respuesta, Isabel miró hacia atrás.

—Ulises, ¿quieres decirle algo a tu mamá?

Desde el interior se escuchó la voz de un adolescente:

—Ella no es mi mamá. Yo no tengo una madre así.

Nerea tembló al escucharlo. Su rostro perdió todo color y sintió como si su corazón sangrara.

Nerea apretó los puños.

—No vine a buscarlos a ustedes. No sean ridículos ni se den tanta importancia.

Cristian la miró con frialdad.

—Espero que cumplas tu palabra, Nerea. No quiero volverte a ver.

—Cristian, ¿quién te crees que eres? ¿Crees que eres muy popular? Yo tampoco quiero verte; verte me da asco, me dan ganas de vomitar.

Nerea trató de mantener la espalda recta mientras salía de la zona residencial.

Cuando llegó a un lugar solitario, no pudo más, se dobló del dolor, se acuclilló en la banqueta y rompió a llorar.

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