—¡No sé ni madres!
Samuel, curtido en el mundo de los negocios, mantuvo esa sonrisa radiante que daba ganas de borrársela de un golpe.
—Compañero, eres una figura pública, ¿cómo puedes decir groserías? Qué falta de educación, ¿qué tal si tus fans aprenden de ti? ¡Debes tener la etiqueta de una figura pública!
Diego rechinaba los dientes de la rabia. Su asistente tuvo que recordarle que cuidara su expresión, pues había muchas cámaras grabando.
Justo en ese momento, comenzó la gala.
Tras el baile de apertura, el presentador animó el ambiente y las risas llenaron el lugar.
Nerea comía tranquilamente mientras leía noticias científicas en su celular, ajena a todo.
Samuel chasqueó la lengua.
—Te traje para que te relajaras. Acabas de pasar medio mes trabajando como loca, ¿no te da miedo que te dé un infarto?
—No me eches la sal —respondió Nerea sin levantar la cabeza—. Si me muero, regreso a asustarte en la noche.
Samuel se quedó sin palabras.
En la segunda mitad de la gala, las joyas donadas por Nerea e Isabel salieron a subasta al mismo tiempo.
Ambas habían donado un juego de joyas.
—¡¿Qué le pasa a los organizadores?! —Samuel tiró la toalla húmeda con molestia.
Era obvio que querían generar polémica y competencia para subir las apuestas.
Nadie quería que su donación se quedara sin ofertas, ni que se vendiera por menos que la del otro.
En los negocios, la imagen lo es todo.
Podías perder dinero, pero no podías quedar mal.
Isabel frunció el ceño con preocupación. Si fuera como antes, Cristian habría comprado sus joyas, pero ahora no estaban bien.
Cristian aún no la perdonaba.
No estaba segura de si él ofertaría.
Si nadie pujaba, o si el precio no alcanzaba al de Nerea, quién sabe qué murmurarían los presentes...
Probablemente, antes de mañana, toda la élite de Puerto San Martín sabría que ella y Cristian habían terminado.
Al notar la angustia de Isabel, Diego la consoló:
—Tranquila, Isa, yo estoy aquí.
Pero el ánimo de Isabel no mejoró. Miraba la espalda de Cristian y sus ojos se enrojecieron poco a poco. Bajo la luz tenue, las lágrimas brillaban en su mirada.
En el mundo del espectáculo sobraban las bellezas, y Diego nunca se había conmovido.
Hasta ese momento. Al ver la mirada triste de Isabel, esos ojos llorosos, esa belleza rota, algo golpeó directo en su corazón.
Sintió una punzada de dolor y supo que se había enamorado de ella.
Solo quería protegerla y no dejar que nadie la lastimara.
—Toma, límpiate. —Diego le pasó un pañuelo—. No te preocupes, yo compraré tus joyas por un precio alto.
Isabel bajó la mirada para secarse las lágrimas, borrando cualquier rastro de tristeza. Resulta que a Diego le gustaba hacerse el héroe...
Isabel ya había notado que Diego sentía algo por ella.
Había provocado esa reacción deliberadamente para que él la defendiera y, de paso, para darle celos a Cristian y conseguir un buen precio por su subasta.
Matar dos pájaros de un tiro.
Las ofertas comenzaron.
El juego de joyas de Nerea estaba mejor conservado, y tanto la mano de obra como los materiales eran superiores al de Isabel.
Por eso, más gente ofertaba y el precio subía más rápido.

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