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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 193

Medio mes después, Nerea regresó a Puerto San Martín.

A Flora le dolía la cabeza de ver al ganso aleteando en su oficina. El animal llevaba un moño rojo en el cuello, viéndose ridículamente festivo.

—¡Nerea! ¡Saca esa cosa de aquí!

Nerea bebía té sentada tranquilamente:

—¿Qué traes? Los criaron en la cocina del batallón; están bien alimentados y bien cuidados. Escuché que querías productos de campo y escogí al más bonito para ti.

Flora:

—... La próxima ahórrate los «productos de campo», por favor.

Platicaron sobre el proyecto del juego holográfico, los otros proyectos en desarrollo de la empresa y la dirección futura.

Nerea no se quedó mucho tiempo y se fue a OmniGen.

Les regaló una gallina a Samuel y otra a Federico.

Después revisó el progreso de cada proyecto. Al saber que uno de los medicamentos genéticos ya había salido al mercado con muy buena respuesta, se quedó tranquila y se llevó los patos y gallinas restantes a casa.

Álvaro notó de inmediato que había bajado de peso, así que mató una de las gallinas que ella trajo y le preparó un buen caldo para que recuperara fuerzas.

Al día siguiente era el último día del año. Descansó en casa durante el día y por la noche asistió a la Gala Benéfica de Año Nuevo organizada por el gobierno de Puerto San Martín.

La gala había invitado a los dueños de las grandes y medianas empresas de Puerto San Martín, así como a muchos artistas de moda. La subasta se intercalaba con espectáculos musicales.

El coche de Samuel acababa de llegar al estacionamiento cuando vieron a Isabel bajarse de su vehículo, dejando la puerta abierta, para correr tras Cristian, que bajaba de otro coche.

Samuel arqueó una ceja con burla:

—Miren nada más, resulta que Isabel sí tiene coche.

Nerea soltó una risita, entendiendo la referencia a que Isabel siempre iba en el asiento del copiloto de Cristian.

Los dos estaban discutiendo más adelante; una explicaba y se disculpaba con cara de víctima, y el otro la miraba con frialdad y silencio. Parecía que aún no se habían reconciliado.

—¡Bip, bip!

Samuel tocó el claxon, apoyó el brazo en la ventanilla y sacó la cabeza:

—Disculpen, ¿podrían no estorbar?

Isabel vio a Samuel y luego miró hacia el asiento del copiloto.

Al ver a Nerea, la mirada se le endureció aunque tuviera los ojos llenos de lágrimas.

Verla en esa situación tan humillante y difícil…

«¡Nerea debe estar disfrutando esto!», pensó.

Isabel clavó las uñas en las palmas de sus manos, sintiendo un dolor agudo. «Nerea, ya verás».

Se tragó el rencor, retrocedió unos pasos en silencio y les cedió el paso.

En el salón de la gala.

Nerea no esperaba que los organizadores sentaran a Isabel en su mesa en lugar de la de Cristian.

Isabel tenía una cara durísima y una fortaleza mental impresionante; aun así fue capaz de sonreír y saludar a Nerea y a los demás.

—Directora Galarza, señor Aranda, buenas noches.

Samuel fingió no escucharla y estiró el cuello para ver el celular de Nerea.

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