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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 128

Incluso Doris se quedó atónita, mirando con incredulidad a su guapa nueva mamá hecha una furia.

Resulta que su guapa nueva mamá no era tan blanda como ella pensaba.

Tatiana señaló a Patricio con el dedo, temblando de pies a cabeza.

—Ustedes, toda su familia, son una bola de malagradecidos sin corazón. ¡Largo, lárguense de mi casa ahora mismo y no vuelvan a poner un pie aquí! ¡O haré que los guardaespaldas les rompan las piernas!

Fátima, después de un momento de confusión, reaccionó con una furia desmedida.

—¡Tatiana, maldita estéril! ¿Con qué derecho golpeas a mi hijo?

Dicho esto, se abalanzó sobre Tatiana, dispuesta a devolver la bofetada que había recibido su hijo.

Pero Doris no iba a darle esa oportunidad. Antes de que pudiera acercarse a su guapa nueva mamá, le lanzó una aguja de plata.

La lanzó con tal discreción, y todo ocurrió tan de repente, que nadie se dio cuenta.

Fátima se detuvo a medio movimiento, con los ojos desorbitados. Intentó hablar, pero solo balbuceaba. Luego, su cuerpo se desplomó y comenzó a convulsionar en el suelo.

—¡Mamá! ¿Qué te pasa? —gritó Patricio, aterrado, y se arrodilló para sostener a su madre.

Fátima echaba espuma por la boca, su cuerpo seguía temblando.

—…Me… me siento mal…

Doris miró a Fátima con desdén.

—Patricio, parece que tus palabras fueron tan desalmadas que a tu madre le cayó un castigo divino por tu culpa.

Patricio levantó la vista y la fulminó con la mirada.

—¡Y tú todavía te burlas! ¿Te da gusto ver a mi mamá sufriendo así?

Doris asintió sin reparos.

Doris permaneció impasible, con los brazos cruzados.

—Patricio acaba de decir que soy una plaga —respondió con un bufido—. ¿Cómo podría yo salvar a tu madre? Mejor busquen a alguien más competente.

Aunque Tatiana encontraba extraña la repentina crisis de Fátima, al recordar las palabras hirientes de Patricio, no sintió la menor compasión y ordenó a los guardaespaldas:

—¡Sáquenlos de aquí!

—Tía, ¿cómo puedes ser tan cruel? —dijo Carolina, angustiada.

—En cuanto a crueldad, comparada con ustedes, me quedo muy corta —respondió Tatiana con frialdad—. Váyanse ya, no vaya a ser que se me muera en la casa y me echen la culpa.

Los guardaespaldas ya habían entrado.

Patricio, furioso, ayudó a levantar a su madre y, antes de irse, lanzó una mirada asesina al rostro impasible de Doris.

—¿Así que no piensas ayudar a mi mamá, verdad?

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