Al escuchar la orden de Ricardo, Patricio sintió que algo no cuadraba y preguntó con curiosidad:
—¿Acaso Doris te dijo algo?
Ricardo no dio muchas explicaciones.
—Tú investiga primero. Si nadie intentó hacerle daño, entonces olvídalo. Si sí hubo algo, lo entenderás por ti mismo.
Patricio hizo una mueca.
—Como quieras.
A su hermano le encantaba guardarse las cosas.
En ese momento, sonó el celular de Ricardo que estaba sobre el escritorio. Miró el identificador de llamadas.
—Es Carolina.
Levantó el teléfono y contestó. Al otro lado se escuchó la suave voz de Carolina.
—Ricardo, ¿recuerdas que te conté que conozco a un escritor del mismo sitio web que la gran *Dovina*? Pues estoy hablando con él ahora mismo, y me prometió que intentará conseguir una cita con ella para mí.
Esa era, por fin, la única buena noticia que había escuchado en días.
—¿Y tu amigo escritor te ha dicho cuándo podría conseguir la cita? —preguntó Ricardo con impaciencia.
—Todavía no…
—Dile a tu amigo que si logra conseguirme una cita con *Dovina*, le daré una recompensa de quinientos mil pesos —dijo Ricardo con urgencia.
—Ricardo, mi amigo no lo hace por dinero, pero se lo diré. Bueno, te dejo, no quiero interrumpir tu trabajo.
—Gracias.
Tras colgar, Ricardo soltó un largo suspiro de alivio.
Patricio, al ver que su hermano, normalmente serio, por fin relajaba el gesto, comentó:
—Carolina dijo que hoy iba a ver a ese escritor que conoce a *Dovina*. Te ves muy contento, hermano, así que supongo que te trajo buenas noticias.
Ricardo asintió levemente.


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