Al oír la noticia, Ricardo suspiró aliviado.
—Caro, esta vez te debo una muy grande. Si consigo los derechos de la última novela de *Dovina*, estaré en deuda contigo.
—Ricardo, soy tu hermana. Me alegra poder ayudarte, no tienes que hablar de deudas —dijo Carolina con un orgullo que apenas podía disimular.
Patricio, a su lado, alardeó:
—No te preocupes, hermano. Con Caro de por medio, su amigo seguramente hará todo lo posible por convencer a *Dovina*. ¡Te apuesto a que en esa reunión conseguirás los derechos de su última novela!
Dicho esto, Patricio metió las manos en los bolsillos, miró de reojo a Doris, que estaba en la puerta, y se burló:
—Con la propiedad intelectual de *Dovina* como punto de partida, Entretenimento Estrela crecerá cada vez más. Ya veremos si cierta persona tiene tanto talento como presume para arruinar nuestro negocio.
Doris soltó una carcajada.
—Vaya, qué confianza. ¿Solo por conseguir una reunión ya dan por hecho que *Dovina* les venderá los derechos a Entretenimento Estrela?
—¿Crees que los contactos de Caro son un juego? —replicó Patricio con sorna—. Ella no es como tú, que solo conoce gente sin importancia. Si ya aceptó la reunión, es porque el trato está prácticamente cerrado.
Luego, la atacó directamente:
—¿Con qué derecho te atreves a decir que vas a destruir nuestro negocio? ¿Acaso también conoces a *Dovina* y puedes impedir que le venda los derechos de su última novela a mi hermano?
—Pues sí, la conozco —asintió Doris—. Y sí, puedo hacer que no le venda los derechos a Ricardo.
Patricio no pudo evitar reírse a carcajadas.
—¿Tú? ¿Conocer a *Dovina*? ¡Yo también podría decir que conozco al presidente! Hablas por hablar.
—Si no me crees, es tu problema —dijo Doris, encogiéndose de hombros.
Carolina también sonrió con un toque de provocación.


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