Manuel seguía de cerca el Panamera de Doris, atravesando la ciudad hacia una zona más apartada.
La velocidad era tan alta que Manuel, preocupado por Higinio, decidió llamarlo.
—Joven amo, ¿está usted bien?
—Estoy bien. Solo que los frenos no funcionan, así que por ahora no podemos detenernos —la voz de Higinio sonaba tranquila, incluso con un toque de expectación.
Manuel se quedó helado.
—¡¿Qué?! ¡¿Los frenos no funcionan y la señorita Doris va a esa velocidad?! ¡Es un suicidio!
—Dori me dijo que no me preocupara, así que confío en su habilidad —respondió él con una risita.
Manuel: «…».
¡¿Cómo podía confiar en algo así?!
¡Estaba loco! ¡Desde que conoció a la señorita Doris, el joven amo había perdido la cabeza!
Aún en shock, escuchó a Higinio darle instrucciones con calma:
—Si Dori y yo tenemos un accidente, solo asegúrate de llamar a una ambulancia de inmediato.
Manuel: «¿?».
Por el tono de su amo, ¡parecía que la señorita Doris planeaba tener un accidente a propósito!
***
Doris, mientras maniobraba el volante con firmeza para esquivar todos los obstáculos, miró de reojo a Higinio, que colgaba el teléfono con total tranquilidad. No pudo evitar bromear:
—Higinito, ¿de verdad no tienes miedo de que pierda el control y nos mate a los dos?
—Una persona como tú, Dori, que valora tanto su vida, nunca se arriesgaría sin motivo —respondió Higinio, guardando su celular con una sonrisa serena—. Estoy seguro de que no harías esto si no tuvieras un cien por cien de certeza.
—Higinito, me conoces demasiado bien —dijo Doris. Volvió a mirar la ubicación que le había enviado Sombra y confirmó que estaba cerca de Patricio.
Se preguntó qué cara pondría Patricio cuando el carro que él mismo había saboteado se estrellara contra el suyo.
Seguramente, una de pánico.
Pero ya sería demasiado tarde para arrepentirse.
***
Por alguna razón, mientras veía a Doris acercarse cada vez más, Patricio se sentía cada vez más inquieto.
No supo cuánto tiempo pasó. Después de un pitido agudo en los oídos, dejó de oír.
Su último pensamiento fue: «¡Doris de verdad vino a chocarme a propósito! Incluso si quería morir, ¿por qué arrastrarme con ella? ¿Y cómo supo exactamente dónde estaba?».
Pero ya no podría encontrar las respuestas.
Al segundo siguiente, perdió el conocimiento por completo.
Por otro lado, el carro de Doris, al volcar, se detuvo.
Para un espectador, parecería un accidente terrible, pero en realidad, ella había calculado el ángulo del impacto. Su vehículo solo había sufrido un golpe moderado, sin daños graves.
—Higinito, ¿estás bien? —preguntó Doris, a pesar de que ella misma solo tenía algunas heridas superficiales.
—Estoy bien —respondió Higinio desde el asiento del copiloto—. Solo una conmoción cerebral leve y algunos rasguños. Nada grave.
—Vaya, qué buena soy, ¿no?
—Muy buena.
***

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