Antes de que Doris pudiera reaccionar, Tatiana continuó:
—Doris, no pienses en eso ahora. Concéntrate en recuperarte.
Doris sabía que su nueva madre se preocupaba por su estado de ánimo, así que asintió.
—De acuerdo.
—Sigue descansando. Cuando Emma traiga la comida, te despertaré.
—Está bien.
Tatiana ayudó a Doris a recostarse de nuevo, la arropó con ternura y, después de verla cerrar los ojos, se secó una lágrima en silencio. Su rostro estaba pálido, sin rastro de color.
Por poco, por muy poco, perdía a su hija.
Agradecía que Doris estuviera bien; de lo contrario, no podría imaginar el dolor de tener que enterrar a un hijo.
Después de un rato, Tatiana, sintiéndose un poco más aliviada, salió de la habitación.
Justo en ese momento, su esposo, Felipe, salía de la habitación de al lado.
Sus miradas se encontraron y, sin decir palabra, caminaron juntos hacia el final del pasillo.
De pie junto a la ventana, Tatiana preguntó:
—¿Cómo está el señor Villar?
—No es nada grave. El asistente de Higinio dice que solo tiene una conmoción cerebral leve y algunas heridas superficiales —respondió Felipe, suspirando—. Pobre muchacho. Después de algo tan grave, el único que ha venido a verlo es Enrique. Ni su padre, ni su hermano, ni su hermana han aparecido.
—Ya veo… bueno, me alegra que el señor Villar esté bien —dijo Tatiana, preocupada—. Feli, este accidente ha dejado a Patricio entre la vida y la muerte. Julián y Fátima no se quedarán de brazos cruzados, seguro que culparán a Doris.
—Mientras no haya sido a propósito, pueden hacer todo el escándalo que quieran, pero no les servirá de nada —dijo Felipe, rodeándola con un brazo—. No dejaré que vuelvan a lastimar a Doris.
Tatiana bajó la mirada, pensativa.
—¿Y si fue a propósito?
Tras una pausa, dijo en voz baja:
—Cuando le dije a Doris que el carro contra el que chocó era el de Patricio, no pareció tan sorprendida como esperaba. Fue como si ya lo supiera.

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