Ahora que estaba lisiado, era natural que los padres de Carolina ya no quisieran que se casara con él. Pero la familia Villar era la más poderosa de Solara, un imperio enorme, y los padres de Carolina no querían renunciar a esa alianza comercial. Así que planearon que su hija biológica ocupara el lugar de la adoptiva, Carolina.
—Lo que es raro —señaló Doris con agudeza—, es la casualidad. Justo cuando te quedas lisiado, mis padres biológicos me encuentran y planean que yo me case contigo en lugar de su hija adoptiva.
Soltó una risa burlona.
—Parece que sabían desde hace mucho que yo era su verdadera hija, pero como no les servía para nada, me dejaron abandonada por ahí, sin intención de reconocerme.
—Supongo que sí —admitió Higinio, sin intentar consolarla inútilmente.
Doris rio con frialdad. Si era así, sus padres biológicos eran de piedra.
Pero había algo que no entendía.
—Si ya sabes cuáles son las intenciones de la familia Palma, ¿por qué no simplemente cancelas la boda? ¿Por qué sigues adelante y te metes en la boca del lobo?
—Mandé a que te investigaran. Eres una curandera muy famosa en el pueblo. Dicen que has curado muchas enfermedades raras y complicadas con métodos especiales. Llevo un mes con las piernas lisiadas, y he traído a los mejores médicos de todo el país sin que ninguno pueda curarme. Por eso decidí venir en persona a ver si casarme contigo es caer en una trampa o un golpe de suerte —confesó Higinio sin reparo alguno sobre el propósito de su visita.
A Doris le pareció que aquel hombre era bastante interesante. Se encogió de hombros.
—Pues ya me viste. Solo soy una muchacha de rancho que creció en el campo. A mis padres biológicos, que ni conozco, es obvio que no les importo. ¿Aún así quieres casarte con esta heredera real a la que su familia no valora y usa como un peón para una boda de reemplazo?
Higinio la miró fijamente.
A primera vista, no parecía deslumbrante.
Su piel no era tan blanca y tersa como la de las señoritas criadas entre algodones; era más bien trigueña, lo que le daba un aire vibrante y lleno de vida.
Si la mirabas con atención, te dabas cuenta de que sus facciones eran en realidad muy finas, sobre todo sus ojos: brillantes, transparentes, con una mirada que reflejaba la tenacidad de la hierba silvestre.
En la mirada de Higinio no había ni una pizca de falta de respeto; al contrario, era completamente sincero.
—Sí. Después de conocerte, estoy seguro de que quiero casarme contigo. Lo que no sé es si tú estás dispuesta a darme una oportunidad.
Doris observó su rostro increíblemente apuesto.
Había que admitirlo, era todo un galán, con una belleza tan impactante que sería inolvidable incluso entre una multitud.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida