—Doris Palma, tenemos que terminar. Resulta que soy el heredero de la familia Benítez, una de las más ricas de Solara. Una simple curandera de pueblo como tú ya no está a mi altura.
Doris recibió la llamada de su novio, Germán Rosales... No, ahora era Germán Benítez. Justo cuando iba a contarle que ella era, en realidad, la hija perdida de la opulenta familia Palma, él salió con eso.
¿Que qué, una simple curandera que no estaba a su altura?
¡Por favor! Sus medicinas valían una fortuna, ¡y las familias más adineradas pagaban lo que fuera por ellas! ¡Ni siquiera recordaba cuántas veces sus creaciones habían llegado a la casa de subastas más grande de Solara!
¿Y él se atrevía a decir que no era suficiente para él?
—Con mi nueva posición, es obvio que tendré que casarme con una heredera de mi mismo nivel. Pero como salimos por dos meses, puedo hacerte el favor de no despreciarte. Antes de mi boda, puedes seguir siendo mi novia. E incluso después de casarme, puedo mantenerte como mi amante...
Doris no pudo contenerse y explotó:
—Imbécil. Si quieres terminar, terminamos. Lárgate y no molestes.
Dicho eso, colgó.
Frente a ella, el hombre apuesto que esperaba su respuesta enarcó una ceja.
—¿Qué pasó? Ahora resulta que eres la heredera de la familia Palma de Solara, ¿y te acaban de terminar?
Doris levantó la vista y le dedicó una sonrisa resplandeciente.
—Qué curioso, él también dijo que resultó ser el heredero de una familia rica de Solara y que yo no estaba a su altura.
Llegada a este punto, lo cuestionó:
—Oye, eso de que ustedes son herederos de familias ricas, ¿no será el nuevo truco de alguna red de estafadores?
El hombre apuesto se quedó perplejo por un momento y luego sonrió.
—Claro que no. Es verdad que eres la auténtica heredera de la familia Palma de Solara.
—Ah —dijo Doris. Dejó en el suelo la canasta que traía en la espalda, se sentó en una silla y comenzó a organizar las hierbas que acababa de recolectar—. ¿Y tú quién eres? ¿Por qué vienes a buscarme tú y no mis padres biológicos?
El hombre echó un vistazo a la choza de adobe con apenas cuatro paredes y luego observó detenidamente a la mujer sentada con aire despreocupado en el banco.
—Si no pasa nada raro, pronto seré tu prometido. Soy Higinio Villar, el hijo mayor de la familia Villar de Solara.
Doris casi se cae de la silla. Miró al hombre con incredulidad.
—¿Cómo? ¿Prometido?


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