Después de ver el video, Fátima palideció y estuvo a punto de desmayarse.
Higinio le hizo una seña a Manuel para que tomara el video de las manos de Fátima. Él, Tatiana y Felipe lo examinaron detenidamente.
—Fátima, ¿tienen algo que decir? —dijo Tatiana con el rostro sombrío y una voz gélida—. ¡Su hijo, Patricio, se buscó lo que le pasó! ¡Y si nuestra Doris salió ilesa de esto, fue por pura suerte! ¡Si no, quién sabe qué tragedia habría ocurrido!
Felipe, a su lado, también miró a Julián y Fátima con frialdad.
—Tal como están las cosas, no son ustedes los que tienen que pedirle cuentas a Doris. ¡Somos Tatiana y yo los que vamos a ajustar cuentas con ustedes!
Sintiéndose culpable, Fátima se encogió, pero aun así dijo con descaro:
—…Aunque es verdad que Patri manipuló el carro de Doris, ella está bien, ¿no? ¡El que está en coma es mi hijo! ¿Qué más quieren? ¡No sean tan crueles! ¡¿Acaso quieren que Patri se muera?!
—Fátima, eres increíble. O sea que solo tú puedes exigir explicaciones, ¿y nosotros no? —replicó Tatiana con frialdad—. Si no se hubiera demostrado que Patricio quería matar a nuestra Doris, ¿la habrías dejado en paz? Patricio está en coma, es verdad, no podemos hacerle nada más. ¡Pero ustedes son sus padres! ¡Deberían asumir la responsabilidad! ¡De tal palo, tal astilla!
Doris observaba tranquilamente cómo su flamante y guapa madre y su apuesto nuevo padre la defendían, mientras ella seguía comiendo uvas como si nada.
Se sentía bien tener a alguien que te quisiera. Ahora entendía por qué Carolina se negaba a abandonar a la familia Palma. La familia de Julián la adoraba. Tenía lujos, cariño y protección. ¿Cómo iba a renunciar a todo eso?
Pero no le bastaba. Su codicia la llevó a intentar matarla.
—¿Qué quieres que hagamos? ¿Que nos quitemos la vida? —siguió gritando Fátima, con el pecho henchido—. ¡Por muchos errores que haya cometido nuestro Patri, ya ha pagado un precio muy alto! ¡¿Y todavía quieren acabar con nuestra familia?! ¡¿Es que no tienen corazón?!
Ante semejante descaro y falta de lógica, Tatiana temblaba de rabia.
—¡¿Quiénes son los que no tienen corazón?!

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