—Sí, estoy agotada. ¿Qué tal si me das de comer, mamá? No quiero ni moverme —dijo Doris, haciendo un puchero sin ninguna vergüenza.
Tatiana soltó una risita, la miró con los ojos brillantes y le dijo:
—Tan grande y todavía quieres que te dé de comer. ¿No te da pena?
Aunque lo dijo así, ya había tomado el tenedor y el cuchillo.
—Siéntate bien. Acabas de aplicar las agujas, tus manos deben estar adoloridas y cansadas. Yo te doy de comer.
—¡De acuerdo! —Doris se sentó rápidamente al borde de la cama, abrió la boca y se acercó—. Aaah…
Tatiana le dio un trozo de carne tierna y luego, con la otra mano, le ofreció una cucharada de arroz con verduras.
Doris cerró la boca y masticó con una sonrisa.
—La comida que me da mamá sabe aún más rica.
—No exageres, solo dices lo que sabes que me gusta oír para contentarme —dijo Tatiana, sin que la sonrisa desapareciera de su rostro.
—Pues si te hace feliz, claro que voy a decir cosas bonitas —replicó Doris sin pudor.
El rostro de Tatiana resplandecía de alegría.
—Claro que estoy feliz. Mi hija me halaga, ¿cómo no voy a estarlo?
Ver la risa sincera y alegre de su bella nueva mamá llenó el corazón de Doris de calidez. Después de tragar la comida, volvió a abrir la boca y se acercó.
Paz y tranquilidad. Supuso que a eso se referían con esa expresión.
***
Higinio salió de la habitación, asintió con la cabeza e indicó a Manuel que los guardaespaldas soltaran a Rubén.

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