Doris parpadeó con calma.
—¿Por qué te sorprendes tanto, tía? ¿Acaso mis tíos no te contaron que tengo acciones de la compañía?
Viendo que no parecía estar mintiendo, Andrea se levantó, furiosa.
—¡Esto es el colmo! ¡Tengo que hablar con mi padre y preguntarle en qué demonios estaba pensando!
Justo en ese momento, una voz grave y autoritaria resonó en la sala.
—Andrea, ¿qué es lo que quieres preguntarme?
Al escuchar esa voz familiar y temida, la altanería de Andrea se desinfló como un globo pinchado.
Esperó a que Mauro entrara, apoyado por el mayordomo principal, y se sentara en el sofá. Solo entonces, conteniendo su ira, preguntó con resentimiento:
—Papá, ¿es verdad que le diste a tu adorada nieta el 10% de las acciones de nuestra farmacéutica y el 30% de Entretenimento Estrela?
Mauro la miró, inexpresivo.
—¿Tienes alguna objeción?
—¡Claro que la tengo! —exclamó Andrea, exasperada—. ¡Papá, soy tu hija y no tengo ni una sola acción de la familia! ¡Y esta mocosa, que acaba de llegar, recibe todo esto de golpe! ¿Cómo quieres que no me sienta mal? Desde pequeña, ¿en qué te he fallado? ¿Por qué esta diferencia de trato? ¿Solo porque es tu nieta recién encontrada tienes que favorecerla de esta manera?


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