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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 238

Fátima se quedó helada, mirando a Doris, sin saber cuánto de verdad había en sus palabras.

—Para empezar, ¿de verdad tienes esa capacidad? Y segundo, ¿por qué serías tan amable?

—Claro que no es por amabilidad, hay condiciones —dijo Doris, notando que Carolina se había puesto visiblemente tensa cuando mencionó que podía despertar a Patricio. Era evidente que no quería que eso sucediera.

Interesante.

Siguió observando la expresión de Carolina y luego le preguntó a Fátima:

—Y bien, tía, ¿te interesa?

—Fátima, no le creas a esta mocosa —interrumpió Andrea.

Fátima reaccionó. Era cierto, Doris era la culpable de lo que le había pasado a su hijo, ¿por qué iba a ser tan buena de repente? Además, ¿realmente su habilidad médica era tan excepcional?

Este era el mejor hospital de Solara, y el médico que trataba a Patricio era una autoridad en el campo.

Si hasta el doctor decía que despertar dependía de la voluntad de Patricio, ¿cómo se atrevía Doris a afirmar que podía despertarlo?

—¡No intentes engañarme con tus trucos, no voy a caer! —la rechazó Fátima de inmediato.

—Como quieras —dijo Doris, encogiéndose de hombros con indiferencia—. Al fin y al cabo, Patricio no es mi hijo. Que despierte o no, a mí no me afecta. No soy yo la que sufre.

Dicho esto, las puertas del elevador se abrieron en el sexto piso y ella salió.

Una vez que las puertas se cerraron, un pensamiento comenzó a inquietar a Fátima.

Si…

Solo era una suposición, pero si Patricio realmente no despertaba, tal vez podría dejar que Doris lo intentara.

Lo que no sabía era qué condiciones imposibles le pondría a cambio.

***

—Veo que mi hermano confía mucho en usted, señorita Doris, para contarle todos los asuntos familiares.

—No puedo evitarlo —sonrió Doris—. Para tu hermano, soy más digna de confianza que una víbora malagradecida como Gabriela.

Al escuchar su burla sin tapujos, Álvaro apretó el portaviandas que sostenía.

—Señorita Doris, siempre habla con tanta franqueza. ¿No le da miedo ofender a la gente con esa lengua tan afilada?

—Si la gente que ofendo es como tú, ¿a qué debería tenerle miedo? —respondió Doris con indiferencia.

—…

—¿Ah, sí? ¿Y cómo es la gente como yo? —preguntó Álvaro, entrecerrando los ojos con un tono amenazante.

—Gente incompetente —soltó Doris sin pensarlo.

***

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