—¡Doris, detente! ¡Ya te dije que te fueras, no abuses! —la advirtió Oriana con severidad.
Solo entonces Doris se detuvo.
—Pues es que su hijo dijo que no me fuera —dijo, haciéndose la difícil—. Pero si usted lo ordena, mi mamá y yo nos vamos.
Se acercó a su guapa y nueva mamá.
Tatiana se levantó y le sonrió levemente a Oriana.
—Disculpe las molestias de hoy, ya nos retiramos.
—Mamá… —intentó decir Benicio, con dificultad para hablar.
—¡Cállate! —lo interrumpió Oriana—. ¡Mira cómo te dejaron! ¿Crees que tienes la cara tan dura que no te la pueden romper?
Benicio abrió la boca, pero se tragó las palabras. Solo pudo fulminar a Doris con la mirada, pensando que no se la perdonaría jamás.
Andrea sintió una vez más una punzada de amargura. No importaba lo que ella dijera, Benicio nunca la escuchaba, ¡pero bastaba una palabra de su madre para que obedeciera!
Doris y su mamá ya habían logrado su objetivo, así que se fueron de la casa de los Carrasco muy contentas.
Al llegar a la casa de los Palma, Doris no bajó del carro.
—Mamá, tengo que ir a la casa de subastas más grande de Solara, así que no entro contigo.
Después de haberles puesto una lección a Andrea y al señor Carrasco, era el turno de Ricardo y Carolina Palma.
—Está bien —asintió Tatiana, sacando una tarjeta negra de su bolso—. Tu papá la sacó especialmente para ti. Tómala. Si ves algo que te guste en la subasta, no dudes en comprarlo.
Doris tomó la tarjeta y sonrió de oreja a oreja.
—Claro que sí. Dile a papá que no me voy a andar con rodeos, si veo algo bueno, lo compro.
En realidad, a Doris no le faltaba dinero, pero sabía que a sus nuevos y guapos padres les gustaba consentirla, ¡así que ella se dejaría querer!


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