—Fui yo… —dijo Rosalinda, intentando explicar para que no malinterpretaran a Doris.
Pero Doris, lejos de querer negar la acusación de Carolina, detuvo a Rosalinda antes de que pudiera defenderla.
Enarcó una ceja y, con una sonrisa burlona, respondió:
—Así es. Estoy hablando de ti a tus espaldas, ¿y qué? Tienes un montón de cosas criticables. Para empezar, tu madre, una víbora que intercambió a su bebé, y tú, que eres igual de malvada e hipócrita.
Rosalinda se dio cuenta entonces de que no tenía por qué defender a Doris. ¿Acaso Carolina y Ricardo lo merecían?
¡Siempre lo mismo! La reacción de Doris siempre era tan inesperada que Carolina no sabía cómo responder.
Normalmente, alguien que es descubierto hablando a espaldas de otro se sentiría culpable, pero Doris no solo lo admitió, ¡sino que aprovechó para sacar a relucir a su madre biológica!
¡Qué fastidio!
—Carolina, ¿no se supone que te envenenaron y te desfiguraron la cara? ¿Qué haces aquí en lugar de estar en el hospital preparándote para una transfusión de sangre?
Doris, al ver que Carolina llevaba cubrebocas y lentes de sol, ocultándose por completo, supo que era porque el veneno residual en su cuerpo le había hinchado la cara y no quería que nadie la viera. Así que, deliberadamente, tocó el punto débil.
Al oír eso, Carolina miró instintivamente a su alrededor para asegurarse de que nadie les prestaba atención y se ajustó el cubrebocas.
Ricardo, a su lado, preguntó con frialdad:
—El escorpión que mordió a Carolina, fuiste tú quien lo controló, ¿verdad?
—Oye, Ricardo, no me acuses sin pruebas otra vez. ¿O es que no te bastó con el castigo que te dio el abuelo anoche y quieres otra paliza? —le recordó Doris.
Al recordar la terrible experiencia de la noche anterior, el rostro de Ricardo se ensombreció.
Ricardo, al ver que no sacarían nada bueno de discutir con ellas, no quiso quedarse más tiempo.
—Doris, no te creas tanto —dijo con frialdad—. ¡Ya encontré la manera de eliminar el veneno del cuerpo de Carolina y devolverle su rostro!
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es? —preguntó Doris, fingiendo ignorancia.
Ricardo no intentó ocultarlo.
—¡Francisco conoce a un médico experto en venenos! Según él, puede curar cualquier tipo de envenenamiento. ¡Y hoy vendrá a la casa de subastas!
—Así que es por eso. Viniste a buscarle una cura a Carolina —dijo Doris, con una sonrisa aún más burlona—. Con razón has estado tan desafiante estos últimos dos días. Anoche, incluso te atreviste a decir en mi fiesta de compromiso, delante de todos, que yo había invocado a todos esos bichos venenosos.
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