Al encenderse el altavoz, Rosalinda se sorprendió por un momento, pero luego reaccionó. Pensó para sus adentros que su prima seguía siendo tan increíble como siempre, buscando el conflicto en lugar de quedarse callada.
Sin dudarlo, repitió lo que acababa de decir:
—¡Noé, eres un tonto y te atreves a llamarme tonta a mí! ¡Ni siquiera puedes controlar un simple altavoz y te crees capaz de controlar alguna situación! ¡Y todavía te pones a analizar quién apoya a quién!
—Ya que sacaste el tema, te lo diré sin rodeos: ¡Higinio, incluso lisiado, puede acabar con todos ustedes! ¡Perdió el uso de sus piernas, no el de su cerebro! Mientras no se rinda y no le importe lo que piensen ustedes, seguirá siendo imparable.
—Además, sus piernas se pueden curar. Y aunque no se pudieran, con su cerebro le basta. ¡Pero alguien con el cerebro dañado como tú, eso sí que no tiene remedio!
Las palabras de Rosalinda enfurecieron a Noé a tal punto que casi salta de su asiento para estrangularla.
—Prima, ¿qué tal estuve? —preguntó Rosalinda, buscando aprobación como si hubiera hecho una gran hazaña.
Doris le levantó el pulgar.
—¡Directa y al punto!
Noé también volvió a encender su altavoz.
—¡Rosalinda, ya verás! ¡No creas que no te voy a hacer nada solo porque somos de la misma familia!
Rosalinda estaba a punto de responder, pero Doris le dio otra palmada en el hombro.
—Déjamelo a mí —dijo, y luego, con toda calma, habló por el altavoz—: Noé, si tienes algún problema, ven a buscarme a mí primero, no a Rosalinda. Te estaré esperando. Si no te atreves, entonces no eres un hombre. Todos los presentes te han oído, no vas a admitir que no eres un hombre, ¿o sí?
Sin la presencia del abuelo, su padre o su hermano mayor, Noé no tenía intención de contenerse.
—¡Claro que me atrevo! Doris, ¡no te creas la gran cosa solo porque armaste un escándalo en la familia Palma y te deshiciste de un inútil como Álvaro! ¡En la familia Villar no tienes ni voz ni voto!


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