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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 316

—…Sí —respondió Ricardo con la mirada perdida.

Después de ver a Carolina salir de la casa de subastas, Ricardo miró hacia Doris en la Sala Celestial. Apretó los dientes, tomó una decisión y caminó hacia allá.

***

Carolina no regresó a la casa de los Palma. En su lugar, hizo una llamada.

—Las cosas se complicaron. Tú conoces a gente de mala calaña, ¿no? Esa zorra de Doris me envenenó y me ha desfigurado la cara. ¡Encuentra una solución ya, o no volverás a ver un centavo mío!

—¿Qué, te envenenaron? ¡Maldita sea esa zorra de Doris! —exclamó el hombre al otro lado de la línea, antes de asegurar—: ¡Tú tranquila, yo me encargo!

—¡Y busca a alguien que no le tiemble la mano para que se encargue de Doris!

—¿No dijiste que si le hacíamos algo ahora, las sospechas caerían sobre ti?

—¡Ya no me importa! ¡Si quieres seguir recibiendo dinero, hazlo bien y asegúrate de que no me relacionen con nada!

—Entendido, hijita. ¡Déjamelo a mí!

Esta vez, a Carolina no le importó que la llamara "hijita".

Colgó y se giró para mirar la entrada de la casa de subastas, con un odio profundo en los ojos.

«Doris, si no puedo recuperar mi rostro, ¡entonces tú te mueres!».

***

Cuando terminó la subasta del segundo lote, Ricardo llegó al salón privado de Doris.

—¿Puedo hablar contigo? —preguntó con una voz tan débil que parecía que le habían arrancado el alma.

Rosalinda lo miró sorprendida y luego volteó a ver a Doris, esperando su reacción.

—¿Tú solo? ¿Y Carolina? —inquirió Doris, enarcando una ceja.

Ricardo movió los labios y bajó la mirada.

Pero en ese momento, Ricardo estaba realmente desesperado.

Y pensar que, antes de saber que Doris era la experta en venenos, se había atrevido a desafiarla de esa manera.

—…De acuerdo, entiendo.

Sin decir más, Ricardo se dio la vuelta y salió de la casa de subastas.

Rosalinda lo observó irse, boquiabierta.

—¡Prima, eres increíble! Hace nada, Ricardo parecía dispuesto a matarte, y ahora te obedece como un corderito.

De repente, recordó algo.

—¡No me digas que la experta en venenos de la que hablaba era en realidad tú!

***

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