—¿No dices nada? ¿Será que te di justo donde te duele y no sabes qué responder?
Viendo que Doris seguía en silencio, Carolina se sintió cada vez más eufórica: ¡finalmente le había ganado una batalla!
El tiempo pasó, y sin darse cuenta, transcurrió una hora. Finalmente, Doris terminó su trabajo en el jardín, se enderezó, se estiró la espalda adolorida y se puso de pie.
Después de esperar una hora de pie, la paciencia de Carolina se había agotado. Tratando de controlar su irritación, la apuró:
—Doris, ya que le prometiste a mi hermano que me curarías, hazlo de una vez. No le des más vueltas. Tengo que ir al hospital a ver a Patricio.
Sabía que Doris la estaba haciendo esperar a propósito, pero no podía hacer nada. En ese momento, necesitaba su ayuda y no podía mostrar ni una pizca de enojo.
Doris, sin decir palabra, se quitó los guantes cubiertos de tierra y savia y caminó hacia Carolina, que esperaba impaciente al otro lado de la cerca.
Al llegar frente a ella, Doris levantó la mano y, sin expresión alguna, le dio una bofetada con todas sus fuerzas.
El golpe fue tan rápido y violento que Carolina, sin poder reaccionar, se tambaleó.
Las gafas de sol que llevaba salieron volando y cayeron al suelo con un ruido seco. El cubrebocas se le deslizó a un lado, revelando la mitad de su rostro, hinchado y con una expresión de asombro.
Carolina miró a Doris con los ojos desorbitados, incrédula, mientras la rabia se encendía en su interior.
—¡Doris! ¡¿Qué te pasa?!


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