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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 330

—¿No dices nada? ¿Será que te di justo donde te duele y no sabes qué responder?

Viendo que Doris seguía en silencio, Carolina se sintió cada vez más eufórica: ¡finalmente le había ganado una batalla!

El tiempo pasó, y sin darse cuenta, transcurrió una hora. Finalmente, Doris terminó su trabajo en el jardín, se enderezó, se estiró la espalda adolorida y se puso de pie.

Después de esperar una hora de pie, la paciencia de Carolina se había agotado. Tratando de controlar su irritación, la apuró:

—Doris, ya que le prometiste a mi hermano que me curarías, hazlo de una vez. No le des más vueltas. Tengo que ir al hospital a ver a Patricio.

Sabía que Doris la estaba haciendo esperar a propósito, pero no podía hacer nada. En ese momento, necesitaba su ayuda y no podía mostrar ni una pizca de enojo.

Doris, sin decir palabra, se quitó los guantes cubiertos de tierra y savia y caminó hacia Carolina, que esperaba impaciente al otro lado de la cerca.

Al llegar frente a ella, Doris levantó la mano y, sin expresión alguna, le dio una bofetada con todas sus fuerzas.

El golpe fue tan rápido y violento que Carolina, sin poder reaccionar, se tambaleó.

Las gafas de sol que llevaba salieron volando y cayeron al suelo con un ruido seco. El cubrebocas se le deslizó a un lado, revelando la mitad de su rostro, hinchado y con una expresión de asombro.

Carolina miró a Doris con los ojos desorbitados, incrédula, mientras la rabia se encendía en su interior.

—¡Doris! ¡¿Qué te pasa?!

El rostro de Carolina se contrajo por la ira, su expresión se deformó en una máscara de odio mientras miraba fijamente a Doris.

Doris sonrió con desprecio. Lentamente, sacó un pequeño frasco de porcelana del bolsillo de su abrigo. Lo agitó, y el sonido de las píldoras del antídoto resonó en el aire.

—Esa bofetada me sentó de maravilla, así que te regalo este frasco —dijo Doris con frialdad, sus ojos llenos de burla.

Justo cuando Carolina extendía la mano ansiosamente para tomarlo, Doris giró la muñeca y arrojó el frasco al suelo como si fuera basura.

—¿No querías el antídoto? Pues recógelo y tómatelo de una vez —dijo Doris, cruzándose de brazos y mirándola con una sonrisa burlona.

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