Benicio, por su parte, dijo con arrogancia:
—¡No importa si el señor Villar la apoya! ¡Hoy, esa zorrita tiene que disculparse conmigo!
Oriana y Benicio no paraban de llamar a Doris “zorrita”, y una sombra se cernió sobre los ojos oscuros de Higinio.
Con voz tranquila, comentó:
—La boca del señor Carrasco y la de Oriana apestan igual, debe ser de familia. ¿Será que a los Carrasco se les olvidó lavarse la boca cuando se estaban lavando la cara?
Manuel, que estaba detrás de él, vio que los dedos de su joven amo tamborileaban suavemente sobre el reposabrazos de la silla de ruedas. Sabía que en ese momento estaba planeando cómo vengaría a su futura señora por ese insulto.
Pero todavía no era el momento.
Oriana frunció el ceño.
—Muchacho de los Villar, cuida tus palabras. Hasta tu abuelo me habla con respeto.
Doris intervino:
—¿Ah, sí? A mí me parece que es para que no lo apesten con su aliento.
Rosalinda estalló en carcajadas a un lado.
Oriana:
—…
Fátima se apresuró a garantizar:
—Oriana, señor Carrasco, no se preocupen, les aseguro que no los decepcionaremos. Ya verán cómo esa mocosa de Doris se disculpa con usted y con el señor Carrasco.
«Ahora que Tatiana está en nuestras manos, Doris no se atreverá a desobedecer».
¡A menos que a esa malcriada no le importara en absoluto la vida de Tatiana!
Pero si había aceptado despertar a Patri, significaba que la vida de Tatiana sí le importaba.
Al pensar en esto, Fátima sintió una punzada de amargura. Su propia hija, a la que había llevado en su vientre durante nueve meses, valoraba más a una tía sin lazos de sangre que a ella, su propia madre.
En ese momento, Higinio dijo con una media sonrisa:
—Oriana, no se preocupe. No vine a respaldar a Dori. Mi Dori no necesita que nadie la respalde, ella es su propia fortaleza.
—Así es. Después de ver tanto tiempo el paisaje desde las alturas, a veces uno se cansa. De vez en cuando también hay que ver el paisaje desde abajo. Ahora que llevo un tiempo lisiado, por fin entiendo la vista que tenía antes el señor Carrasco. Tiene su encanto.
Damián:
—…
Esa forma de golpear con una sonrisa era lo que hacía que fuera imposible responderle.
Y eso era lo que más odiaba Damián de Higinio. Enfrentarse a él era como dar puñetazos a un colchón.
Y para colmo, cuando retirabas el puño, ¡resultaba que estaba lleno de heridas sin saber cómo!
Por eso, en los últimos años, Damián evitaba cualquier lugar donde estuviera Higinio, por miedo a no poder controlar su temperamento y explotar.
Oriana, al ver que su nieto volvía a salir perdiendo contra Higinio, intervino:
—No importa. Ya que a este muchacho le cansan las alturas, de ahora en adelante será mi Damián quien disfrute de esa vista.
***

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