Sabina se acercó y miró a su tonto hermano, aplastado bajo el pie de Damián.
—Señor Carrasco, qué gracioso. ¿Acaso necesito rogarle para salvar a mi hermano? Solo le pregunto una cosa: ¿lo va a soltar o no?
Benicio, molesto y confundido, replicó:
—¿No lo habían echado de la familia para que trabajara de repartidor? ¿Por qué se preocupan por él ahora?
—Cómo tratemos a este tonto es asunto de nuestra familia —dijo Sabina—. Igual que usted, señor Carrasco, que, aunque sabe que su tío es un inútil que solo causa problemas, tiene que venir a limpiarle el desastre.
Benicio se sonrojó de la vergüenza. ¿Qué les pasaba a los jóvenes de Solara? ¡Ninguno lo respetaba!
—Señor Carrasco, por favor, quite su pie.
Damián miró fijamente a Sabina por un momento y, al confirmar que hablaba en serio, retiró lentamente el pie.
La familia Carrasco planeaba aprovechar la discapacidad de Higinio para aplastar a la familia Villar. Aunque los Benítez no eran tan poderosos como ellos, no era el momento adecuado para enemistarse con ellos, o se verían atrapados entre dos frentes.
Germán se levantó del suelo y se dispuso a golpear a Damián, pero antes de que pudiera levantar el puño, Sabina le dio un golpe en el estómago que casi lo hace vomitar.
—¿Todavía te crees muy valiente, eh? —Sabina sacó un pañuelo del bolsillo, lo hizo una bola y se lo metió en la boca a Germán justo cuando iba a hablar. Luego, ordenó a sus guardaespaldas—: ¡Llévenselo!
—¡Mmm, mmm…!
Y así, los guardaespaldas se llevaron a Germán a la fuerza.
Benicio, al ver que su sobrino no intervenía, se quejó:
—Sobrino, ¿de verdad vas a dejar que me humillen así? ¡Mira cómo me dejaron la cara!

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