Patricio apretaba el celular con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—¡Si eso sirve de algo o no, no es tu problema! ¡Suelta a mi hermano ahora mismo o llamaré a la policía! —gritó, su voz cargada de determinación y amenaza.
Sin embargo, a su interlocutor pareció no importarle en lo más mínimo su advertencia. En un tono desafiante, replicó:
—Adelante, llama a la policía. Hagamos una apuesta: a ver qué es más rápido, si tu llamada para que me arresten o que yo le rompa la otra pierna a tu hermano.
Dicho esto, colgó abruptamente, sin darle a Patricio la oportunidad de responder.
El tono de fin de llamada resonó en los oídos de Patricio, llenándolo de una mezcla de angustia e ira.
Guardó el celular y miró hacia el edificio de Entretenimento Estrela. Pidió un carro por una aplicación, con la intención de volver a casa y buscar una solución con sus padres.
Pero las desgracias no venían solas. Cuando llegó, hecho un manojo de nervios, a la residencia Jiménez, antes de que pudiera siquiera tomar aliento, vio cómo varios hombres subían a Carolina a una camioneta negra de siete plazas que esperaba en la entrada.
El corazón de Patricio dio un vuelco. Sin pensarlo dos veces, salió del carro y corrió hacia ellos, gritando:
—¿A dónde se llevan a Carolina?
Los hombres lo ignoraron por completo.
Antes de que pudiera llegar al vehículo, alguien lo detuvo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que su madre, Fátima Jiménez, y su primo, Óliver Jiménez, estaban allí.
Óliver lo soltó y le lanzó una mirada de soslayo.
—¿Por qué gritas, Patricio? Es gente del señor Carrasco. ¿Acaso piensas detenerlos?
¿El señor Carrasco?
—¡Carolina, tú nos engañaste primero! ¡Te lo mereces!
—¿Que me lo merezco? —Carolina soltó una carcajada que terminó en lágrimas—. Doris es su hija y su hermana, pero a ustedes no les importaba. ¡Yo solo seguí su juego! Es cierto que le robé veinte años de una buena vida y que merezco haber caído tan bajo, ¡pero ustedes se lo merecen aún más! Repudiados por su propia sangre, y ahora, despojados de todo como venganza. ¡Qué patéticos!
Tras sus palabras, un guardaespaldas cerró la puerta del carro, que se alejó levantando una nube de polvo.
Una vez que el vehículo desapareció, Óliver miró a Patricio con impaciencia.
—Tía, tú y mi tío deberían empezar a buscar dónde quedarse. ¿O es que piensan vivir en nuestra casa para siempre? Si a ustedes no les da vergüenza, a nosotros sí. Que los echen de su propia casa, sin tener a dónde ir…
—Óliver, no puedes hablar así —replicó Fátima—. Esta también es mi casa.
—Tía, esta es la casa de tus padres. Está bien que vengas a quedarte de vez en cuando en las fiestas, pero la situación ahora es diferente. Mauro los echó, no tienen dónde vivir. ¿No me digas que planean instalarse aquí a largo plazo? Aunque mi papá estuviera de acuerdo, mi mamá y yo no lo aceptaremos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida