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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 42

Ricardo luchaba por levantarse del suelo, pero en cuanto apoyó las manos para impulsarse, sus brazos se debilitaron y volvieron a ceder.

Sentía que las fuerzas lo abandonaban cada vez más. Finalmente, dejó de luchar y se limitó a fulminar a Doris con la mirada.

—Para calmar mi corazón herido, hoy voy a usar esta misma navaja para cortarte los tendones del tobillo.

Ricardo la miró fijamente. Aunque todo su cuerpo estaba paralizado, su mente seguía lúcida y aún podía hablar.

—¡Si te atreves a ponerme un dedo encima, te juro que el abuelo te echará de la familia Palma de inmediato! ¡No creerás que por ser la verdadera heredera de la familia Palma el abuelo te va a consentir en todo! ¡En esta familia, yo soy el más importante para él!

»¡Y una vez que te expulsen, ya verás que tendré mil maneras de acabar contigo!

Doris balanceó la navaja en su mano y dijo, fingiendo indecisión:

—El problema es que no necesito al abuelo como mi respaldo. ¿Y ahora qué hacemos? La fortuna de la familia Palma, la verdad, no me interesa en lo más mínimo. Regresé solo para ver cómo estaban, para saber si sentían un poquito de remordimiento por lo que me pasó.

»Pero qué lástima, parece que a nadie en tu familia le remuerde la conciencia.

»Así que no me queda de otra. Tendré que hacerlos probar un poco de dolor a ustedes también, para que entiendan lo que se siente. —Dicho esto, se agachó y arrastró a Ricardo, que yacía en el suelo, hacia un lugar donde pudiera apoyarse.

—Listo, aquí no hay nadie. Cuando te corte los tendones, si te duele, puedes gritar todo lo que quieras. —Doris hizo girar la navaja en su mano, se acuclilló frente a Ricardo y rasgó su pantalón de vestir, dejando su pantorrilla al descubierto.

Fue entonces cuando Ricardo finalmente sintió pánico. Parecía que ella de verdad iba a hacerlo.

—¡Doris! Te aconsejo que no hagas una locura. Podemos hablar las cosas. ¿No quieres que te pague los cincuenta millones? De acuerdo, te los pago ahora mismo… ¡Ah!

No había terminado de hablar cuando un dolor agudo en la pantorrilla lo hizo gritar.

Finalmente, Ricardo se desmayó por el dolor.

—Bah, qué debilucho. Ya se desmayó. Qué aburrido. —Doris se detuvo, sacó la aguja de plata que le impedía hablar y se la clavó en otro punto de acupuntura, despertándolo.

Ricardo abrió los ojos y se encontró con la mirada de Doris.

—¿Ya despertaste? Esta vez no te puedes desmayar, ¿eh? Todavía no termino de cortarte los tendones. Si te desmayas, esto pierde toda la gracia.

Las palabras de Doris sonaban como las de un demonio, provocando que Ricardo volviera a gritarle con todas sus fuerzas.

—¡Doris, te vas a ir al infierno! ¡Cuando mis papás se enteren, te van a hacer picadillo!

***

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