[Ya superé el rencor, sí. Por eso ahora, para mí, no son más que un par de desconocidos. Y a los desconocidos, los bloqueo.]
Después de responder, Doris bloqueó también ese nuevo número.
—Sigamos cenando.
Tatiana y Felipe intercambiaron una mirada, y con un acuerdo tácito, no preguntaron sobre la llamada de Fátima.
Esa familia no merecía ni una sola palabra de preocupación.
***
En una de las habitaciones de huéspedes del segundo piso de la residencia Jiménez, flotaba una atmósfera tensa y opresiva.
—Mamá, ya te dije que no molestaras a Doris. Todavía nos odia. Tenemos que encontrar una solución para lo de mi hermano nosotros mismos.
Fátima, bloqueada una y otra vez, sentía que la cabeza le iba a estallar. Su voz se alzó sin querer: —¿Encontrar una solución nosotros? ¿Cómo se supone que lo hagamos? ¡Estamos hablando de Noé, de la familia Villar! Aunque no sea el heredero, en nuestra situación actual, ¿acaso podemos permitirnos ofenderlo?
Patricio frunció el ceño. —¿Y por qué no? Noé no se lleva bien con Higinio ni con Doris. Si le damos una lección, hasta le estaríamos haciendo un favor a Doris.
—Al final, todo se resume en que tu hermana es una insensible… —masculló Fátima con resentimiento.
—¡Basta! —la interrumpió Patricio con un grito, cortando las quejas de su madre—. Esto nos lo tenemos bien merecido, ¡no tiene nada que ver con Doris! Mamá, no quiero volver a oírte hablar mal de ella. ¡Nosotros fuimos los que le fallamos! Ya está, ahora mismo voy a casa de Noé. Papá todavía no se recupera de su herida, así que quédate aquí a cuidarlo.
Dicho esto, Patricio abrió la puerta de la habitación y bajó las escaleras a toda prisa.
Al llegar a la planta baja, se topó con su primo Óliver, quien lo abordó de inmediato.
—Oye, Patricio, ¿no se supone que mañana se mudan? ¿A dónde vas en lugar de empacar tus cosas?

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