Después de que Doris se negara a darle el antídoto a Ricardo, Patricio se comió solo el desayuno que ella había rechazado y, desolado, se fue a buscar un lugar para vivir.
La noche anterior, mientras esperaba a Doris frente a la residencia Palma, había estado revisando anuncios de alquiler y había encontrado un departamento de cuatro habitaciones que le interesaba.
La ubicación no era la mejor, pero dada la situación de su familia, no les quedaba más remedio que conformarse por el momento. Más adelante, con el dinero que había ganado desde que debutó en Entretenimento Estrela, compraría una casa.
Tras confirmar el departamento y pagar el primer mes de alquiler y el depósito, Patricio contrató un servicio de mudanzas por internet y regresó a la casa de los Jiménez.
Óliver no había ido a trabajar; se había quedado en casa esperándolo.
Sentado en el sofá, con las piernas cruzadas, leía los tuits de Patricio con una sonrisa burlona.
«Qué inútil», pensó. «No solo una mujer los ha dejado en la ruina y los ha obligado a refugiarse en nuestra casa, sino que ahora va por ahí suplicándole en Twitter. ¡Qué vergüenza! ¡Y nos arrastra a nosotros con él!».
Al ver entrar a Patricio, Óliver dejó el celular y soltó un bufido. —¿No decías ayer muy seguro que hoy se largaban? Tu madre salió temprano y ni tú ni Ricardo han dado señales de vida. ¿Qué, pensaban quedarse de gorrones?
Patricio le lanzó una mirada gélida. Si no fuera porque no quería causarle más problemas a su tío, jamás habría tolerado la actitud de Óliver.
—Puedes estar tranquilo. Ya he llamado a una empresa de mudanzas. Nos iremos pronto.
—¿Qué tan pronto? —insistió Óliver—. No pensarás quedarte a comer, ¿verdad? No he pedido que cocinen para ustedes.
—¡No es necesario! —respondió Patricio, apretando los puños. Sin decir más, subió las escaleras, llamó a la puerta de la habitación de su padre y entró—. Papá, prepárate para irnos.
Julián, que se había estado recuperando en la casa de los Jiménez, ya estaba al tanto de cómo los estaban tratando. Aunque sentía un nudo en el estómago, no podía hacer nada.
Estaban viviendo de favor.
Pero no olvidaría esa afrenta.
Poco después, llegó la empresa de mudanzas que Patricio había contratado.

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