—¡Exacto! ¿No se supone que vivía en el campo y era una simple vendedora de hierbas? ¿Cuánto se puede ganar vendiendo remedios en un pueblo? ¡Ni con los derechos de sus tres novelas anteriores podría haber juntado tanto!
—Pero no creo que esté presumiendo sin más. La reunión se está transmitiendo en vivo, y mentir sobre algo así tendría consecuencias legales.
—Si de verdad puede pagar quinientos millones por los derechos de *Horizontes de Gloria*, entonces no tenemos nada que reprocharle.
Inicialmente, habían pensado que Doris, como autora, vendería los derechos a su propia empresa a un precio simbólico. Pero ahora veían que no tenía intención de hacer trampas. ¡Iba a realizar una transacción con dinero real!
Ante esto, las demás compañías de entretenimiento ya no tenían motivos para quejarse de que Doris les hubiera hecho perder el tiempo. Después de todo, iba a desembolsar quinientos millones por sus propios derechos.
—Bueno, Jael, vuelve a la oficina y dile a todos que empiecen a preparar el proyecto y el casting. La protagonista será Penélope —ordenó Doris.
Penélope la miró con una mezcla de gratitud y admiración.
—¡Entendido, señorita Palma! —exclamó Jael, llena de una energía renovada.
Se sentía terriblemente culpable por haber dudado de la señorita Palma. Por poco y comete el mismo error que Nicolás, el gerente que se fue a Estudios Universo Único. A partir de ese momento, decidió que, a menos que la despidieran, le sería leal hasta el final.
Sabina, que había presenciado toda la reunión, reafirmó su opinión.
—Con razón Doris tiene a mi tonto hermano tan embobado. Es excepcionalmente brillante. Un matrimonio que nadie en nuestro círculo veía con buenos ojos, ahora seguro que muchos piensan que Higinio se sacó la lotería.
—¿Y qué? ¿Has cambiado de opinión? ¿Ahora quieres que Doris sea tu cuñada? —bromeó su amiga.
—Ni hablar —respondió Sabina—. Mi hermano no está a la altura de Doris. En todo Solara, me temo que solo Higinio es digno de ella.

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