—Bueno, ya es tarde —dijo, agitando la mano—. Vuelve con tus padres a descansar.
—Claro, abuelo, que descanses también. —Doris respondió con cortesía y salió del salón ancestral.
Ni una sola palabra de más.
—Mi nieta sí que no quiere mostrar ni una pizca de calidez humana —suspiró Mauro, dirigiéndose al mayordomo que estaba a su lado.
El mayordomo sonrió levemente.
—Así es, señor. La señorita es ciertamente inteligente, pero distingue muy claramente entre quienes quiere y quienes no, no tolera la más mínima ofensa. Pero es comprensible, una joven que ha vivido sola en la calle durante veinte años no sobrevive a base de amabilidad.
La mirada de Mauro se volvió insondable.
Iba a ver de lo que era capaz su nieta.
* * *
Aunque el abuelo les había dicho que se fueran, Tatiana y Felipe, preocupados, esperaron en la pequeña sala fuera del salón ancestral.
Al ver salir a Doris, Tatiana se levantó de inmediato y se acercó a ella.
—Doris, ¿qué te dijo tu abuelo? —preguntó con preocupación.
Doris sonrió.
—Nada importante. Solo me preguntó qué habilidades necesito aprender y cuáles son mis planes para el futuro.
—Ah, bueno. —Tatiana suspiró aliviada. Temía que el abuelo, en secreto, quisiera presionar a Doris para que volviera a reconocer a Julián y Fátima—. ¿Y qué le respondiste?
—Le dije que si soy más capaz que Julián y su hijo mayor, Ricardo, si podría darme la compañía farmacéutica y Entretenimiento Estrela de la familia.
Felipe y Tatiana se quedaron atónitos.
—Pensé que también querías aprender a tocar el piano, a pintar o algo sobre idiomas —dijo Tatiana, entre risas y sorpresa.
—Mamá, me subestimas. ¿De qué sirve saber solo eso? Yo quiero todas las empresas de la familia Palma —dijo Doris sin rodeos—. Papá también dijo hoy que no volverá a ceder ante la familia de mi tío, que recuperará lo que es nuestro.

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