Afuera, la vecina, al escuchar el portazo, finalmente recordó quién era.
¡Patricio!
¡Es Patricio!
¡Cielos! ¡Acaba de encontrarse con un cantante en la vida real! ¡Y uno bastante famoso!
¡Es guapísimo en persona!
Aunque antes no le caía bien por los chismes en internet, al verlo en carne y hueso sintió que podía ignorar todos esos rumores.
¡Patricio no podía tener la culpa de nada!
No, tenía que hacer guardia en la puerta. Si Patricio salía, ¡tenía que conseguir su autógrafo y una foto!
Ya dentro, Patricio caminó hacia la mesa, miró las botellas vacías y preguntó molesto:
—Hermano, ¿qué te pasa? ¿Por qué tomaste tanto?
Siempre había respetado mucho a su hermano mayor; nunca le había hablado en ese tono inquisitivo.
Pero esta vez no pudo evitarlo.
Ricardo se dejó caer en el sofá con desgano y dijo sin fuerzas:
—Ahogando las penas, ¿por qué más iba a ser?
—¿Por Dori? —preguntó Patricio.
—¿Por qué más crees? —Ricardo soltó una risa amarga—. Me temo que no aguantaré mucho más. El veneno que me dio es una tortura. Parece que Dori realmente quiere verme muerto.
Patricio frunció el ceño.
—Entonces, ¿qué hiciste después?
Ricardo negó con la cabeza.
—No hablemos de eso. Ya está hecho, ¿de qué sirve decírtelo?
—Ricardo, no te rindas, seguro que hay una oportunidad —lo consoló Patricio.
—El envenenado no eres tú. No eres tú quien se retuerce de dolor todas las noches deseando morir. Claro que puedes decir a la ligera que hay una oportunidad —dijo Ricardo con autodesprecio.
Patricio se quedó sin palabras ante eso.

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