—Rubén, si no hablas ahora, no hará falta que hables nunca más. —La voz de Higinio era gélida, indiferente, como un juez del infierno, sin rastro de emoción.
Rubén, que estaba seguro de que su hijo no se atrevería a tocarlo, ahora estaba ahogado en el miedo. Se dio cuenta de repente de que ese hijo que siempre lo había tolerado se había vuelto un extraño cruel.
—¡Hablaré! ¡Hablaré! —gritó Rubén con dolor y desesperación—. ¡Pero prométeme que si hablo no me harás más daño!
La expresión de Higinio no cambió, seguía igual de fría, mirándolo con unos ojos que helaban la sangre.
—¿Crees que estás en posición de negociar conmigo? —Las palabras de Higinio fueron como una espada que rompió la última ilusión de Rubén.
Rubén se puso blanco. Sabía que no tenía salida. Temblando, dijo:
—No estoy negociando, te estoy rogando, Higi. ¡Solo te pido que, por ser tu padre, me perdones la vida!
En ese momento, Rubén entendió su situación. Ya no le importaba el estatus ni el dinero, solo quería seguir vivo.
Higinio guardó silencio un momento y dijo lentamente:
—Habla.
Rubén no se atrevió a tardar y, aguantando el dolor, dijo:
—Cuando entregué a tu hermano, se lo di a una mujer que se dedicaba a traficar niños. Le dije específicamente que lo vendiera lejos, lo más lejos posible de Solara, preferiblemente en un pueblo remoto del sur.
—Tú sabes cómo son en esos pueblos pobres, se mueren por tener un varón para continuar el apellido, así que seguro no le fue tan mal.
—No le fue tan mal... Rubén, qué atrevido eres. Podría haber tenido una vida de lujos desde niño, ¡y dices que no le fue tan mal! —Higinio apretó los dientes con furia.
¡De verdad no sabía en qué pueblo estaba!
En ese momento, Higinio miraba a su propio padre como si fuera su enemigo, sin cariño, solo con un odio inmenso.
—Dime quién es la traficante.
—Solo sé que... le decían "Doña Dientes". Porque se dedicaba a eso y porque tenía dos dientes de oro postizos. No tenía lugar fijo. En ese entonces ya tenía cuarenta o cincuenta años. Han pasado más de veinte años, no sé si siga en el negocio. —Rubén terminó temblando y luego suplicó—: Higi, ya te dije todo lo que sé. ¿Me puedes dejar ir? Te prometo que no volveré a traicionarte, seré un buen padre.
Ya había preguntado lo necesario.
Higinio no creía que pudiera sacar más información útil de Rubén, así que dejó de interrogarlo y lo miró con frialdad.
—Si encuentro a mi hermano y está bien, te dejaré con tus extremidades intactas para que pases tu vejez en la clínica. Pero si no lo encuentro, prepárate para quedar inválido, sordo y mudo, y te mandaré a un lugar donde desearás estar muerto.

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