La mujer llamada Dientona estaba fumando mientras miraba una foto en su otra mano. Al oír eso, levantó la vista hacia Carolina, dejó la foto, se acercó y le quitó las vendas vuelta tras vuelta. Luego le agarró la barbilla y la examinó de lado a lado.
—Con razón era la chica más talentosa de Solara, tiene buena pinta.
Carolina miró a la mujer frente a ella y sintió náuseas.
Llevaba ropa muy cara, pero tenía una cicatriz larga en la cara.
Y lo peor: sus dos dientes frontales eran de oro brillante.
—¡Poc!
Antes de que Carolina pudiera reaccionar, recibió una bofetada.
Carolina se cubrió la mejilla derecha, aturdida.
La Dientona se sopló la palma de la mano enrojecida.
—¿Acabas de pensar que soy asquerosa?
Al ver que le habían adivinado el pensamiento tan fácil, Carolina se tapó la cara sin atreverse a chistar.
—¿De qué les sirve a ustedes ser bonitas si al final terminan siendo juguetes de hombres ricos? Así que no te me hagas la digna. Si vienes a trabajar aquí, olvídate de tener dignidad. —La Dientona volvió al sofá, se inclinó y tiró la ceniza en el cenicero.
Carolina negó con la cabeza, con lágrimas en los ojos.
—Dientona... no pensé que fueras asquerosa, ni me importa la dignidad. Ahora solo quiero vivir y vengarme. No necesito dignidad.
—Al menos eres consciente. —La Dientona tiró el cigarro, tomó un documento que le dio su asistente y se lo lanzó a Carolina a la mesa—. Este será tu trabajo de ahora en adelante.
Carolina se agachó a recoger el documento y leyó el contenido.

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