Ese hombre tenía una madurez que no correspondía a su edad.
Pero bajo esa madurez, había una rebeldía propia de la juventud.
A pesar de los murmullos a su alrededor, parecía no inmutarse, concentrado en el libro que tenía en las manos.
Doris se acercó y miró el libro: era su novela, *Horizontes de Gloria*.
—¡Doris! ¡Es ella, la verdadera hija de la familia Palma!
—Antes no sé si era por prejuicio, pero como pensábamos que Carolina era la mujer más talentosa de Solara, sentíamos que alguien del campo no podía compararse. Pero viéndola ahora, es bastante guapa.
—El dinero embellece, supongo; ya lleva más de dos meses de regreso.
Los hombres que venían a audicionar, tras sus murmullos, saludaron al unísono:
—¡Señorita Palma!
Al escuchar el alboroto, Alexander levantó la cabeza y su mirada se cruzó con la de Doris, que estaba parada no muy lejos.
Se quedó paralizado un instante, sorprendido por su aparición.
Sin embargo, la sorpresa duró solo un segundo. Alexander reaccionó rápido, retirando la mirada como si se hubiera quemado.
Tragó saliva y soltó un saludo en voz baja:
—Señorita Palma.
Doris no mostró mucho interés en la reacción de Alexander. Respondió con un simple "mjm" y entró a la sala de audiciones con expresión indiferente.
Alexander miró su espalda y volvió a bajar la vista, pero ya no pudo concentrarse.
Dentro de la sala de audiciones...
Pedro, al ver a Doris, se levantó y le hizo señas:
—Dorita, llegaste. Siéntate aquí.
En la sala, además de Pedro, estaba el subdirector que él había traído.
Doris se acercó y se sentó en el lugar que el señor Cortés le había preparado.
—Llegaste muy temprano, media hora antes —comentó Pedro mirando el reloj.

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