Owen caminó hacia él.
—Muy bien, Alexander. Arrodíllate y suplica perdón, y tal vez haga que sufras un poco menos. ¿Qué dices?
Alexander escupió con fuerza en la cara de Owen.
—¡Púdrete! ¡Jamás le suplicaría a una basura como tú!
La expresión de Owen cambió al instante. Se limpió la saliva de la cara y gruñó:
—¡Hijo de perra, parece que te cansaste de vivir!
Dicho esto, levantó el puño para golpear a Alexander.
Pero en ese momento, se escuchó el sonido sordo de cuerpos cayendo fuera de la puerta.
Un segundo después, una voz femenina resonó en la entrada.
—¿Quién es el que se cansó de vivir?
Doris entró empujando la silla de ruedas de Higinio.
Owen se giró para mirar. Los dos guardaespaldas que custodiaban la puerta estaban tirados en el suelo, echando espuma por la boca y convulsionando.
Reconoció a Higinio y a Doris, y sus ojos se llenaron de terror.
Doris no era el problema mayor; lo aterrador era el hombre detrás de ella: ¡el señor Villar!
Ni siquiera Damián podía contra el señor Villar, ¡mucho menos él, un simple director de quinta!
Tras dudar un instante, Owen bajó el puño avergonzado y se colocó al lado de Damián.
Damián lo miró de reojo y murmuró: "Inútil".
Al oír eso, la cara de Owen se puso rígida.
¡Él quería ser útil!
¡Pero el oponente era el señor Villar!

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