¡Odiaba esa actitud de Higinio de que nada le afectaba!
—Ya, Higi, no gastes saliva con él. Un tipo al que nadie quiere no puede entender estas cosas —dijo Doris con sarcasmo.
Luego, Doris volvió a correrlos sin piedad:
—Ya les dije que no son bienvenidos, así que lárguense.
Owen, claramente, no pensaba irse tan fácil. Se puso las manos en la cadera, envalentonado, y gritó:
—Pues no nos vamos a ir, ¿y qué vas a hacer...?
Pero antes de terminar la frase, sintió un pinchazo agudo en el cuello.
No tuvo tiempo ni de reaccionar cuando su cuerpo empezó a convulsionar como si le hubieran dado una descarga eléctrica. Cayó al suelo sin fuerzas, echando espuma por la boca, viéndose patético.
¡Damián reconoció los síntomas de inmediato! Eran los mismos que había visto en la familia Palma.
¡Esa Doris seguía siendo igual de peligrosa!
Doris acarició casualmente la aguja de plata que tenía entre los dedos.
—Damián, si no te vas, podrías terminar revolcándote en el piso como el perro que tienes al lado. —Su voz era tranquila pero cargada de amenaza—. No me importaría grabarte un video y subirlo a internet para que te hagas viral otra vez.
Al escuchar a Doris, la cara de Damián se descompuso. Miró a Owen tirado en el suelo, luego a Doris, y finalmente decidió dar media vuelta y llevarse a sus guardaespaldas.
—Oye, Damián, ¿no te llevas a tu perro? —le gritó Doris a la espalda.
Damián no respondió; bajó las escaleras a zancadas y se fue sin mirar atrás.
Alexander miró al hombre convulsionando en el suelo y preguntó asombrado:
—¿Qué le pasa a Owen?
Hablaba rápido, ansioso, y se dirigió a grandes pasos hacia el cuarto.
La mirada de Higinio siguió a Alexander. Al ver su espalda, sintió una emoción indescriptible.
Cuando Damián estaba presente, Higinio pudo mantener la compostura, pero ahora, sus emociones se desbordaban.
—Dori, tengo el presentimiento de que realmente es mi hermano —dijo Higinio con voz ligeramente temblorosa y los ojos brillantes de esperanza.
Doris lo consoló:
—Higi, tranquilo, pronto lo sabremos.
Le dio unas palmaditas en el hombro a Higinio y empujó su silla de ruedas siguiendo a Alexander hacia la habitación.
Las manos de Higinio apretaban sus muslos con fuerza. Sí, pronto confirmaría si este Alexander era su hermano de sangre.

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