—Aunque, si al señor Villar no le importa que Carolina sea solo nuestra hija adoptiva y está dispuesto a seguir adelante con el matrimonio, no es estrictamente necesario que seas tú —añadió Mauro, después de una pausa.
La expresión de Carolina se tornó algo tensa.
—No hay problema, abuelo. Estoy dispuesta —dijo Doris con una sonrisa.
Mauro frunció el ceño y le preguntó una vez más.
—¿Estás segura?
—Segura —asintió Doris.
Fátima parecía visiblemente contenta. Había pensado que tendría que hacer un gran esfuerzo para convencerla, pero para su sorpresa, el asunto de que Doris se casara con el señor Villar en lugar de Carolina se resolvió sin el menor problema.
Parecía que su hija conocía sus limitaciones y sabía que casarse con el señor Villar ya era una gran oportunidad.
Mauro, al ver que su nieta biológica aceptaba tan fácilmente, no sabía qué se traía entre manos.
—De acuerdo. Siendo así, queda decidido. Hablaré con la familia Villar para aclarar este asunto antes de la fiesta de compromiso. En los días que quedan, puedes pasar más tiempo con el señor Villar para conocerlo mejor.
—Claro que sí, abuelo —respondió Doris con una sonrisa.
Después de que Mauro se fuera, Patricio se burló.
—Doris, con tus condiciones, casarte con el señor Villar, aunque esté cojo, es un gran logro para ti. Si no fuera por su pierna, ¿crees que una oportunidad así te llegaría?
—Que Carolina, una falsa heredera, se case con Higinio, eso sí que es un gran logro para ella, tanto antes como después de su accidente. En cambio, mi matrimonio con Higinio es una unión entre iguales, algo que ambos queremos, un destino hecho a medida, ¿entiendes? —replicó Doris, mirando a Patricio con desdén—. Qué lástima que Carolina sea tan corta de miras que solo ve las piernas lisiadas de Higinio y piensa que ya no tiene futuro como heredero de la familia Villar, ¡y por eso quiere deshacerse de este matrimonio tan ventajoso! Y otra cosa, Patricio, cuando hables, ¿podrías alejarte un poco? Escucharte me ensucia los oídos.
—No creo que sea una buena idea, tus tíos se enojarán… —respondió Carolina, fingiendo preocupación.
Sabía que ya no era la verdadera heredera de la familia Palma. Si humillaba a Doris en su propia fiesta de bienvenida, la molestia de Felipe y Tatiana era lo de menos; lo que más temía era provocar el descontento de su abuelo.
Sin embargo, Fátima le restó importancia con un gesto de la mano.
—¿Y qué importa? ¡Si se enojan, mejor! —le dijo a Carolina—. Carolina, haz lo que dice Patricio. En la fiesta de bienvenida, tienes que aplastar a esa mocosa, ¡que sepa quién es la verdadera princesa de la familia Palma!
Una mezcla de crueldad y resentimiento se reflejaba en la mirada de Fátima. Al recordar cómo Doris, su propia hija, la había tratado con tanta falta de respeto el día anterior, e incluso le había dado alguna clase de droga que le dejó la garganta irritada toda la noche, la rabia la consumía.
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