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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 9

Las palabras de Doris dejaron a Patricio sin respuesta. Por un instante, sintió una punzada de culpa, pero en ese momento, Carolina comenzó a sollozar de nuevo.

—Perdóname, es todo culpa mía. Soy la culpable por tener una madre así. Hermana, si me odias, golpéame, insúltame, pero no culpes a Patricio...

Dicho esto, se soltó de la mano de Patricio y, mordiéndose el labio con una expresión de resignación, corrió hacia Doris.

—¡Caro! —exclamó Patricio, alarmado, y se levantó para seguirla.

Al llegar frente a Doris, Carolina hizo el amago de arrodillarse, pero Patricio, que la seguía de cerca, la detuvo a tiempo.

—Caro, ¿qué haces? ¡Te he dicho que no es tu culpa, es culpa de tu madre!

Doris, observando la escena, soltó una carcajada y aplaudió como si estuviera viendo una obra de teatro.

*Clap, clap, clap.*

—Qué interesante, de verdad. ¿Están montando un drama para mí?

Al ver que no cedía, la pizca de culpa que Patricio había sentido se desvaneció. Ayudó a Carolina a levantarse y miró a Doris con ojos gélidos.

—¿Por qué tienes que ser tan irracional? ¡Caro se ha disculpado contigo de corazón y tú sigues burlándote de ella!

—No solo me burlo de ella, me burlo de todos ustedes —respondió Doris—. Ella tuvo una madre que, pensando en su bienestar, ideó un plan para intercambiarnos y robarme veinte años de mi vida. Y ahora que yo, la verdadera heredera, he vuelto, ustedes, mis supuestos padres y hermano, la defienden delante de mí. Qué mala suerte la mía tener una familia como ustedes.

El rostro de Patricio se ensombreció aún más.

Fátima, impotente, miró a su esposo. Ya no sabía qué hacer con esa hija biológica tan terca.

Fuera por afecto o por lógica, Fátima simplemente no podía querer a esa chica.

—Papá, mamá, Patricio, no quiero irme —sollozó Carolina, con la voz quebrada.

Su aspecto, con el rostro bañado en lágrimas, era realmente conmovedor.

—Caro, no te preocupes, no te irás —le aseguró Patricio, tomándole la mano con fuerza—. ¡Mientras yo esté vivo, no permitiré que te vayas de esta casa! ¡Siempre serás mi hermana, la señorita de la familia Palma!

—¿Ella no se va? —enarcó una ceja Doris—. ¿Eso significa que me vaya yo?

La paciencia de Fátima estaba llegando a su límite, pero con el poco autocontrol que le quedaba, dijo:

—Doris, acabas de llegar, no conoces a Carolina. Es una chica buena y sensata. Si pasas un tiempo con ella, la aceptarás. Que se quede no afectará tu posición, al fin y al cabo, tú eres nuestra hija biológica.

***

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