El segundo día empezó igual de temprano que el primero, pero con un nudo en el estómago más grande. No solo porque sabía que Ginevra estaba ahí, implacable, sino porque me sorprendí a mí mismo pensando en ella más de lo que debería. Y eso era peligroso.
El estudio estaba tranquilo, apenas unos cuantos empleados trabajando en sus proyectos. Me acerqué a los planos que ella había revisado ayer, intentando concentrarme, pero no podía evitar robarle miradas de reojo. La forma en que se inclinaba sobre los planos, cómo tomaba notas con precisión, la manera en que su cabello caía sobre el hombro… todo era hipnótico.
—Leandro —dijo, interrumpiendo mi distracción con esa voz firme y cautivadora—. ¿Qué estás mirando tanto?
Me sobresalté y levanté la vista. Ahí estaba ella, verde, intensa, penetrante… y claramente consciente de mí. Mi corazón se aceleró; había quedado atrapado.
—E-eh… nada —balbuceé, tratando de desviar la mirada, pero era demasiado tarde.
Ella arqueó una ceja, un ligero brillo de diversión asomando en su mirada. Dio un paso hacia mí, cruzando apenas mi campo visual, y señaló con suavidad uno de los planos que yo sostenía:
—Nada, ¿eh? Porque parecía que estabas estudiando cada detalle… de mi —dijo, con un tono juguetón y un toque de desafío.
Mi cara se calentó. Intenté concentrarme en los planos, pero su presencia lo hacía imposible. La mezcla de desaprobación y diversión en su mirada me dejaba sin palabras.
—Me… estaba concentrando en los planos —dije torpemente, intentando mantener la compostura.
Ella suspiró y volvió a inclinarse sobre los suyos, como si nada hubiera pasado, pero la curva de su sonrisa delataba que no se había olvidado de mí.
—Concéntrate en los planos, Leandro. No en mí —dijo, pero su tono tenía un dejo de complicidad que me hizo saber que estaba jugando conmigo tanto como yo con ella.
Me incliné sobre los dibujos, pero no podía dejar de sentir esa tensión. Cada gesto suyo, cada movimiento, cada mirada que cruzaba conmigo sin realmente tocarme… me tenía atrapado.
Una enorme erección se dibujaba en mis pantalones, así que hice lo único que podía hacer, y eso era huir. Ni siquiera me disculpé, solo salí como alma que lleva el diablo y me encerré en uno de los cubículos del baño a esperar que a mi amigo le diera por volver a la normalidad.
Intenté imaginarme de todo, pero no funcionó porque mi mente solo iba a Ginebra y sus enormes tetas.
Volví una media hora después, ella no me miró y tampoco me preguntó a donde había ido, así que agradecí su desinterés en el mundo y sobre todo, en mí.
Cuando llegó la hora de almorzar, me levanté con la esperanza de encontrar un momento de respiro. Pero, como era de esperarse, Ginevra no apareció. Ni un suspiro, ni un gesto, ni siquiera una señal de que tuviera hambre.
Mis compañeros me miraron mientras me acercaba a la mesa compartida. Había un par de sándwiches, algunas ensaladas y tupperware improvisados de todos los días. Me senté, todavía intentando digerir la mañana y, sobre todo, mi primer choque con la jefa.
—Oye, Leandro —dijo uno de ellos entre mordiscos—. ¿Ya almorzaste con la jefa?
—No… todavía no la he visto comer —respondí, algo sorprendido—. De hecho, no la he visto comer nada.

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