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Mi jefa romance Capítulo 4

La tensión en el despacho se volvió casi palpable. Ginevra levantó una ceja, su mirada se endureció y su voz adquirió un tono cortante.

—¿Disculpa? —preguntó, con una calma que parecía a punto de romperse.

Tragué saliva, dándome cuenta de que había cruzado una línea peligrosa. Intenté retroceder, pero ya era tarde.

—Nada, olvida lo que dije —balbuceé, intentando sonar casual.

Pero Ginevra no parecía dispuesta a dejarlo pasar. Se inclinó hacia adelante, su mirada fija en mí.

—Creo que no —dijo, con un tono que no admitía réplica—. Quiero saber qué quisiste decir con eso.

Respiré hondo, sabiendo que estaba en problemas. Podía intentar suavizar la situación o lanzarme de cabeza al abismo. Opté por una mezcla de ambas.

—Solo me pareció que hoy estabas... diferente —dije, intentando medir mis palabras—. Más relajada. Y pensé que tal vez habías encontrado una manera de aliviar el estrés.

Ginevra me estudió un momento, su expresión ilegible. Luego, una sonrisa leve y peligrosa se dibujó en sus labios.

—Tal vez —dijo, con un tono que no dejaba claro si estaba jugando o hablando en serio—. Pero eso no es asunto tuyo, Leandro.

Asentí, sintiendo un alivio momentáneo. Sabía que había pisado terreno peligroso, pero también que no podía retractarme sin parecer débil.

—Tienes razón —dije, intentando sonar profesional—. Lo siento. No se repetirá.

Ginevra asintió, su mirada todavía fija en mí.

—Más vale —dijo, con un tono que me hizo sentir que estaba evaluando mi reacción—. Ahora, ¿podemos hablar del proyecto? Hay algunos detalles que necesitan tu atención.

Asentí, aliviado de poder cambiar de tema. Pero sabía que esta conversación no había terminado. Ginevra no era de las que olvidaban, y yo acababa de darle una munición que podría usar en cualquier momento

Intenté concentrarme en los planos que ella había deslizado hacia mí, pero la piel me ardía. No por el aire, ni por la incomodidad del silencio, sino por la manera en que su mirada me atravesaba cada tanto, como si todavía estuviera decidiendo si merecía seguir allí o no.

Pasaron unos minutos. El sonido del bolígrafo sobre el papel, el roce del papel contra la madera, el leve clic de su reloj cuando giraba la muñeca. Todo sonaba más fuerte de lo que debería.

—Aquí —dijo, señalando una esquina del plano con la punta del lápiz—. El ajuste de iluminación que sugeriste en la primera reunión. Quiero que prepares una alternativa más eficiente. Y esta vez... —alzando apenas la vista, sus ojos encontraron los míos—, concéntrate en el trabajo.

“Concéntrate en el trabajo.”

Las palabras deberían haberme sonado como una advertencia, pero en su voz había algo más. Algo que no lograba descifrar.

Asentí y tomé nota con rapidez. Mis manos, sin embargo, temblaban levemente. No podía evitarlo.

Ella siguió hablando, moviendo los planos con una precisión casi quirúrgica.

—Necesito que revises los informes de materiales. Y asegúrate de que el presupuesto esté listo antes del viernes. No quiero sorpresas.

—Sí, claro —respondí, más rápido de lo que debería—. Lo haré.

Ginevra se reclinó en su silla, cruzó las piernas y me observó durante unos segundos. No decía nada, solo me miraba. Y esa mirada... Dios, esa mirada. Tenía el poder de desarmar y reconstruir a cualquiera en cuestión de segundos.

Capítulo 4 - ¿Es broma? 1

Capítulo 4 - ¿Es broma? 2

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