El viernes por la tarde, después de una semana intensa, uno de los compañeros sugirió ir a tomar una cerveza para darme la bienvenida. Sonó como un plan perfecto para relajarme y dejar atrás la tensión del estudio.
Nos dirigimos al bar cercano, charlando y bromeando entre nosotros, intentando dejar atrás la tensión de la oficina. Yo hablaba con los compañeros sobre los planos y algunos comentarios tontos, pensando en lo mucho que necesitaba relajarme después de la semana… sin imaginar la sorpresa que me esperaba.
Al entrar, un murmullo de conversaciones y risas nos recibió. Nos acomodamos alrededor de una mesa grande y yo pedí mentalmente que la noche transcurriera tranquila.
Para mi sorpresa, Ginebra estaba allí estaba en la mesa, con un vaso en la mano. Sonreía suavemente a alguien que le contaba algo, y un mechón rebelde de su cabello caía sobre su frente, que apartaba distraídamente con un gesto elegante pero natural. Su risa, ligera y sincera, se elevó apenas sobre el ruido del bar, y algo en mí se tensó. Mi corazón dio un salto y mi boca se abrió sin que pudiera contenerme.
—¡¿La jefa está aquí?! —murmuré, sin poder apartar la mirada.
Mi sorpresa debió notarse demasiado. Ella se giró hacia mí, cruzó la mirada y arqueó una ceja con esa mezcla de diversión y autoridad que no dejaba de fascinarme.
—Aquí no soy la jefa —dijo suavemente, con esa calma que parecía borrar todo el miedo que uno pudiera sentir—. Soy solo una más del montón.
Me quedé sin palabras. Allí estaba, relajada, mezclándose con los demás, tan accesible y juguetona como nunca la había visto en la oficina.
Tratando de recuperar la compostura, asentí con torpeza. Un compañero levantó su vaso y dijo con entusiasmo:
—Por Leandro, que sobreviva su primera semana con la jefa… y porque todos tengamos paciencia con él. ¡Salud!
—¡Salud! —respondimos, chocando vasos mientras yo seguía robándole miradas a Ginevra, intentando procesar cómo la mujer que me había intimidado durante toda la semana estaba ahora allí, risueña, relajada y completamente humana.
Por un instante, quise acercarme y hablar con ella, pero mis palabras se quedaron atrapadas en mi garganta. Cada gesto suyo, cada risa, cada mechón de cabello que apartaba distraídamente me hacía sentir que estaba viendo a alguien completamente diferente a la jefa implacable del estudio.
Y, sin embargo, seguía siendo ella. Perfecta, intensa, imposible de ignorar.
La noche avanzó, las conversaciones se volvieron más relajadas, y yo no podía apartar la vista de ella. Ginevra sonreía con facilidad pero no completamente, escuchaba a los demás, intervenía con comentarios ingeniosos y hasta un mechón rebelde caía sobre su frente, que ella apartaba distraídamente.
Y entonces ocurrió: se rió por algo que le dijeron, una risa ligera y sincera, nada calculado ni profesional. No podía evitar pensar que era la sonrisa más bonita que había visto en mi vida. Por un instante, toda la rigidez de la jefa había desaparecido, y la mujer que había intimidado y admirado durante toda la semana era solo… ella. Y a mí se me paró la polla tanto que tuve que ponerme la chaqueta para disimular.
¿Cómo carajos me estaba pasando esto con mi jefa?
Mientras seguía charlando con el grupo, sentí un extraño calor en el pecho y un nerviosismo nuevo: no solo la admiraba, sino que ahora también la sentía cercana, real, humana. Por primera vez, Ginevra parecía accesible, y yo no podía dejar de notar cada gesto suyo, cada risa, cada movimiento que la hacía tan sorprendentemente… viva.
La cerveza tenía un sabor más amargo de lo habitual, pero no me importaba. Estaba demasiado concentrado en observar a Ginevra mientras charlaba con los demás. Lo sorprendente era lo relajada que estaba, cómo se reía, cómo intervenía con comentarios inesperadamente divertidos. Era imposible no mirarla.
En un momento, uno de los compañeros le hizo una broma sobre los planos que habían revisado esa mañana, y ella soltó una risa ligera, sin artificios, que hizo que mi pecho se apretara. Ese gesto, tan espontáneo, era completamente diferente de la autoridad implacable que irradiaba en el estudio.
—¿Te das cuenta de que ahora mismo pareces una persona normal? —me atreví a decir en voz baja cuando pasó a mi lado para tomar otra cerveza.
Ella me lanzó una mirada, arqueando apenas una ceja, y sonrió sin mostrar los dientes.
—Normal es relativo —respondió, con un tono juguetón—. Aquí nadie es la jefa, todos somos uno más del montón.
Mi corazón dio un brinco. Juguetona, relajada, cercana, y aún así, con ese aura de misterio que no dejaba de fascinarme. La conversación fluyó y, por primera vez, me sentí parte del grupo, aunque todavía consciente de que ella podía desarmarme con solo mirarme.
Mientras seguíamos charlando, contándonos anécdotas de la oficina y de proyectos pasados, entendí algo importante: Ginevra podía ser implacable y exigente en el estudio, pero fuera de él… era humana, divertida y accesible. Y yo, por primera vez desde que la conocí, sentí que podía acercarme un poco más sin miedo.
La noche continuó con risas, comentarios y bromas compartidas, y cada vez que ella sonreía o reía, me resultaba imposible no admirarla, no querer descubrir cada faceta de esa mujer que, hasta hacía una semana, solo había sido un nombre y una reputación casi mítica para mí.
El metro me dejó cerca de mi barrio, pero nada de lujo ni orden; solo el caos habitual de la ciudad y el ruido constante que ya me resultaba familiar. Caminé hacia mi apartamento, todavía removido por lo de esa noche. Cada gesto de Ginevra, cada risa ligera, cada mirada fugaz, se reproducía en mi mente como si estuviera atrapado en un bucle que no quería detener.
Al abrir la puerta de mi apartamento, el silencio del apartamento me dio la bienvenida. Todo estaba en su lugar, pero el espacio se sentía aún más pequeño, más humilde comparado con la presencia que acababa de presenciar en el bar. Me dejé caer en el sofá, dejando escapar un suspiro.
Cuando regresó después del almuerzo, algo había cambiado. Su mal humor había dado paso a una energía más ligera, casi risueña. Caminaba con esa elegancia natural, pero ahora sus gestos parecían más humanos, más cercanos. Se reía suavemente de algo que le decían, y por un momento la mujer estricta y exigente del estudio parecía una persona común, con una espontaneidad que desarmaba cualquier tensión.
La veía y pensaba: podría jurar que folló y eso la hizo olvidar su mal humor y relajarse de esa manera. Por un instante, me sentí celoso. Celoso de imaginar que alguien la tocaba como yo soñaba hacerlo.
El resto de la tarde se me hizo pesado. Algo en su risa ligera, en la manera en que se relajaba, me tenía inquieto. Por primera vez desde que la conocí, no era ella la que imponía la tensión: era yo. Me sentí celoso, incapaz de concentrarme, frustrado por esa imagen de alguien más tocándola, poseyéndola. Y lo peor: no podía quitarme de la cabeza que yo no había estado allí para arrancarle esa sonrisa.
Mi mal humor creció con cada minuto que pasaba. Las líneas de los planos se mezclaban ante mis ojos, los números parecían moverse en la página y yo sentía que todo conspiraba para recordarme lo lejos que estaba de ella, de su mundo, de su facilidad para ser accesible.
Entonces, una figura detrás de mi escritorio me sobresaltó. La secretaria apareció con su habitual discreción:
—Señor Alberti, la señora Valentini lo llama a su despacho.
Respiré hondo, intentando sacudir el descontento que me había acompañado toda la tarde. Me levanté, con los hombros tensos, y crucé el estudio. Al empujar la puerta, la encontré detrás de su escritorio, mirándome con esa intensidad que podía desarmar a cualquiera.
—Leandro —dijo, con voz neutral—. Toma asiento.
Me senté, pero no pude evitar que mi mal humor se notara. Contesté a sus preguntas con monosílabos, evitando cualquier sonrisa o gesto que pudiera suavizar la tensión entre nosotros.
Ella me estudió un instante, frunciendo el ceño.
—¿A qué se debe tu mal humor? —preguntó, directa.
Respiré hondo, y dejé escapar una media sonrisa sarcástica.
—No todos pueden escaparse y tener sexo en horario laboral —respondí, arruinándolo todo.

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