Salí del despacho con el corazón latiéndome tan fuerte que me costaba respirar. Tenía las manos húmedas, la garganta seca y la sensación de que acababa de sobrevivir a algo que ni siquiera sabía cómo describir. No era solo vergüenza, ni solo adrenalina. Era… otra cosa. Algo más profundo, más peligroso.
Su voz seguía repitiéndose en mi cabeza, palabra por palabra:
“Si vas a insinuar algo, mírame a los ojos mientras lo haces.”
No pude concentrarme el resto de la tarde. Cada vez que intentaba revisar los planos, su mirada volvía, nítida, dominando todo lo demás. La forma en que lo dijo no fue una reprimenda, fue un desafío. Y eso me mataba, porque sabía que Ginevra no hacía nada sin un propósito.
Si me había dejado temblando, era porque quiso hacerlo.
A eso de las seis, el estudio empezó a vaciarse. Algunos compañeros se despidieron con un gesto cansado; otros se quedaron unos minutos más para revisar correcciones. Yo fingí seguir trabajando, aunque lo único que hacía era mirar los mismos números una y otra vez sin entenderlos. Cada tanto, escuchaba pasos detrás de la puerta de vidrio de su despacho, el leve sonido de su silla girando, el roce de los papeles. Seguía allí. Y yo no podía irme sin saber si pensaba volver a hablarme o si el silencio era su castigo.
Cuando el reloj marcó las siete y media, me rendí. Apagué la computadora, guardé los planos en la carpeta y me puse la campera. Justo cuando me levanté, escuché su voz:
—Alberti.
Me quedé inmóvil. Ni siquiera había escuchado abrirse la puerta.
Me giré despacio, y ahí estaba ella, apoyada contra el marco, con los brazos cruzados y esa expresión imposible de leer.
—¿Ya te vas? —preguntó.
—Sí… —respondí, torpe—. Ya terminé lo del presupuesto.
Asintió, pero no se movió. Su mirada se deslizó hacia los papeles que tenía en la mano.
—¿Y el ajuste de iluminación?
—Te lo envío esta noche —contesté, intentando sonar seguro—. Quiero revisarlo una vez más antes.
—Bien. —Pausó—. Prefiero que lo revises con la cabeza fría.
Eso. Eso era lo que me descolocaba de ella. No había nada especialmente provocador en sus palabras, pero la forma en que las decía, la calma absoluta, el control en cada gesto… hacía que mi cuerpo reaccionara antes que mi mente.
Cada palabra suya parecía tener un doble filo.
—Buenas noches, Ginevra —dije, intentando sonar natural.
Pero cuando pasé junto a ella para irme, apenas un paso, percibí su perfume. Ese aroma limpio, suave, casi imperceptible, que sin embargo me atravesaba como un golpe.
Cerré los ojos un instante sin quererlo. Y, por supuesto, lo notó.
—¿Algo más que quieras decirme, Leandro? —preguntó, con una media sonrisa.
La miré, sabiendo que no debía hacerlo, sabiendo que ya era tarde para cualquier intento de parecer profesional.
—No —dije, aunque todo en mí gritaba lo contrario.
Su sonrisa se amplió apenas, casi imperceptible.
—Perfecto. Hasta mañana.
Me fui antes de que mi cuerpo me traicionara. Caminé por el pasillo del estudio con la respiración acelerada, sin mirar atrás. No podía. Si lo hacía, iba a quedarme allí.
Y lo último que necesitaba era darle otra razón para pensar que me tenía donde quería.
Esa noche no dormí.
Intenté distraerme con música, con café, con trabajo. Nada funcionó. Su voz, su mirada, la calma con la que me había desarmado una y otra vez, estaban en cada rincón de mi cabeza.
Era mi jefa, mi superior directa, la persona que podía despedirme con una frase. Y aun así, todo lo que quería era volver a provocarla solo para ver hasta dónde llegaba esa calma suya antes de romperse.
“Esto es una locura”, me repetí, pero era inútil.
Porque sabía que, en el fondo, ella también lo sabía. Que me estaba empujando al borde a propósito.
Al día siguiente, llegué antes que nadie al estudio. No lo hice por obligación, sino por necesidad. Necesitaba verla entrar, medir su estado de ánimo, saber si el juego seguía o si la línea que había cruzado el día anterior había quedado enterrada.
A las ocho y media en punto, su auto se detuvo frente a la puerta. La observé desde mi escritorio fingiendo concentración. Bajó con el cabello recogido en un moño bajo, el paso firme, la mirada fija. Vestía de negro, como siempre, pero esa mañana había algo distinto: el brillo en sus ojos, una calma renovada, una energía que me hizo pensar que ella había dormido perfectamente… mientras yo no había pegado un ojo.
Pasó junto a mí sin decir palabra. Solo un leve asentimiento, casi imperceptible, y el sonido de sus tacones alejándose hacia su despacho.
Y fue suficiente para que todo mi autocontrol se desmoronara.
Pasé la mañana intentando concentrarme. Los planos estaban frente a mí, las líneas perfectamente trazadas, pero mi mente seguía enredada en la noche anterior. A media mañana, su voz volvió a atravesar el silencio del estudio:
—Alberti, en mi oficina.
Era imposible acostumbrarse a cómo pronunciaba mi apellido. Tenía la habilidad de hacerlo sonar como una orden y una invitación al mismo tiempo.
Entré, con la carpeta bajo el brazo. Ella estaba de pie, frente a la maqueta del proyecto, observando los detalles con una concentración que rozaba lo obsesivo. Se giró apenas cuando me escuchó cerrar la puerta.
—Muéstrame las alternativas que preparaste —dijo.
Desplegué los planos sobre la mesa, intentando mantener las manos firmes.
Ella se acercó, tan cerca que pude sentir el roce de su perfume mezclado con el del papel y la tinta fresca. Su mano rozó el borde del plano, apenas un centímetro de distancia entre nosotros.
—¿Este cambio lo pensaste por iluminación o por estética? —preguntó, sin mirarme.
—Por ambos —respondí—. Si movemos el panel de vidrio hacia el eje central, ganamos luz natural y al mismo tiempo generamos una línea más limpia en la fachada.
—Mmm… —murmuró, inclinándose un poco más. Su cabello rozó mi brazo. Fue apenas un segundo, pero suficiente para que me quedara sin aire—. Interesante.
Su tono no era de aprobación ni de crítica. Era un experimento. Una prueba para ver cómo reaccionaba.
Yo me quedé quieto, intentando parecer concentrado, mientras mi cuerpo gritaba todo lo contrario.
Ella señaló con el lápiz una línea del plano.
—Aunque podrías arriesgarte un poco más —dijo suavemente—. Si quieres destacar, no basta con seguir lo que otros harían. Hay que… tener carácter.
Alzó la vista. Y ahí estaba otra vez: esa mirada firme, calculada, que parecía desnudar más de lo que decía.
Me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.
Después, como si nada, sonrió apenas.
—Puedes quedarte esta tarde a revisar los renders conmigo —añadió—. Quiero ver si realmente tienes carácter o solo entusiasmo.
La forma en que lo dijo no fue una invitación, fue un reto.
Y yo, por supuesto, acepté.
—Claro —respondí, intentando sonar seguro—. Me quedo.
Ginevra asintió y volvió a concentrarse en los planos, como si todo hubiera sido una conversación común. Pero yo sabía que no lo era. No con ella.
Cada palabra suya era un movimiento calculado, y ese “quédate esta tarde” sonaba más a trampa que a colaboración.
Salí del despacho con la sensación de que acababa de aceptar un juego que todavía no entendía del todo.
Y, sin embargo, no podía evitar sonreír.
Porque por primera vez, sentía que Ginevra Valentini me estaba dejando entrar, aunque fuera solo para ver hasta dónde era capaz de resistir.
La tarde cayó lenta, con esa luz dorada que se filtraba entre las persianas del estudio y teñía todo de un tono cálido, engañosamente tranquilo. La mayoría ya se había marchado. Solo quedábamos unos pocos rezagados, y entre ellos, Ginevra y yo.
Ella estaba en su despacho, con la puerta entreabierta. Desde mi escritorio podía verla moverse entre los planos, revisando papeles con la concentración de siempre. Yo miraba el reloj cada tanto, intentando parecer ocupado mientras los minutos se alargaban.
A las seis y media exactas, su voz sonó de nuevo:
—Alberti, vamos a empezar.



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