—Este… —Me tomó por sorpresa—. Ese asunto…
Me quedé callada un momento, él tampoco me presionó. Me quedé pensativa mirando la taza sobre la mesa.
La taza de porcelana blanca, fina como papel y suave como el jade, se parecía a la sensación que él transmitía: elegante, amable y con una presencia imponente.
Su mano descansaba casualmente en el respaldo de mi silla. —Mañana te divorcias de Matías.
Su tono no era de negociación, sino una orden directa.
—Señor Hernández, me temo que no puedo aceptar eso.
Por el rabillo del ojo vi que acercaba sus piernas hacia mí, invadiendo mi espacio. —No entiendo, ¿qué tiene él para que sigas aferrada?
Yo tampoco entendía por qué él se empeñaba en que me divorciara.
Me atreví a decir: —Señor Hernández, yo para usted solo soy algo pasajero, lo bueno dura poco y lo sé. A usted ahorita solo le gusto porque soy la novedad, ¿para qué complicarse con alguien como yo?
»Además, si me divorcio, para usted sería muy cómodo, me tendría a su disposición, ¿pero y yo?… Aparte de cargar con el título de divorciada, en esta ciudad no tengo a nadie, ni familia ni apoyo. Matías es quien me da un hogar estable y me cuida con esmero, no puedo dejarlo.
No dije esto esperando que Iván se compadeciera, sino para recordarle que no podía pedirme que destrozara mi matrimonio solo por un capricho suyo.
Mi respuesta era lo que él esperaba. Sin cambiar su expresión, empezó a servirme más té, pero el agua se desbordó y él no paraba.
Lo miré desconcertada. —Señor Hernández, el té…
Iván dijo: —La gente es como esta taza, tiene un límite para lo que puede aguantar.
Sabía que en sus ojos yo era esa taza; me estaba recordando que midiera mi lugar.
—Isabel —Iván soltó la tetera y tomó una servilleta para limpiarse las manos con calma—, si no puedes divorciarte tú, yo te ayudo a encontrar la forma.


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