Ya que él lo ponía así, seguir insistiendo me haría ver ridícula.
Iván miraba al frente y dijo como si nada: —Alexa viene la próxima semana al corporativo. Hay un cliente con el que se lleva bien y necesitamos que ella lo atienda. Antes el secretario Gonzalo se encargaba de la recepción, pero anoche falleció un familiar muy cercano y tuvo que irse, así que no vamos a molestarlo. Esta vez tú te encargas de recibirla.
—Está bien. ¿Cuántas personas vienen?
—Una.
Seguimos platicando sobre los estándares de la recepción y los detalles a cuidar. Al final, Iván me dijo que reservara la habitación y le enviara el número.
En la empresa ya corrían rumores de que Alexa e Iván tenían algo más que amistad; ella venía muy seguido al corporativo con la excusa de ver clientes solo para estar con Iván, y de los clientes ni sus luces.
Ahora veía que no eran solo chismes.
***
Bip, bip. Dos claxonazos me trajeron de vuelta a la realidad. Llegó el coche de Matías.
El coche se paró justo enfrente y Iván todavía no me soltaba.
Matías bajó trotando del asiento del conductor para abrirnos la puerta.
Yo pensé que Iván solo me estaba acompañando a la salida, pero, delante de Matías, me agarró de la mano y se metió conmigo al coche.
—A Villa Vista Real.
Esa era una de las muchas propiedades de Iván, ubicada en una zona dorada del centro, un residencial de lujo con servicios premium y un precio de mercado que daba vértigo.
En todo el camino, Matías se desvivió tratando de quedar bien con Iván, con unos halagos tan arrastrados que me daban ganas de que me tragara la tierra de la vergüenza.
Hasta que el coche se detuvo frente a Villa Vista Real. Matías bajó corriendo otra vez para abrirle la puerta, y al mismo tiempo que Iván bajaba, me jaló con él.
Matías y yo nos miramos a través del coche, los dos nos quedamos pasmados.
Iván se despidió con voz grave: —Gracias por la molestia, Matías.
Matías titubeó un segundo, pero enseguida puso su sonrisa de siempre. —Señor Hernández, no diga eso, servirle es un honor para mí.

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