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Mi Novio, Su Salvavidas romance Capítulo 4

La fría mirada de Luciano se posó sobre él.

—Ella está enferma, ¿tú también? La boda de hoy fue solo una formalidad, no significa nada. Mi esposa solo puede ser Abril, nunca será nadie más.-

Ni siquiera Simona.

—Ve y tranquiliza a Simona. Si vuelves a molestarme hoy, ya no me servirás de nada.

Dicho esto, Luciano abrió la puerta y se fue.

El rostro de Orlando se tornó lívido.

El mensaje de Luciano era claro.

Su única función era calmar a Simona, y si no podía hacerlo, Luciano no lo mantendría a su lado.

Y ahora, lo que Luciano iba a hacer era consolar a Abril.

Orlando observó a Luciano marcharse, y su mirada se volvió sombría y gélida.

«Abril, qué bien juegas tus cartas».

Pensó que, después de una humillación tan grande, Abril no lo soportaría y dejaría a Luciano.

Después de todo, una persona normal no podría aguantarlo.

Pero nunca imaginó que Abril usaría la retirada como una táctica para hacerse la difícil.

Amenazarlo con irse.

Más le valía que su partida fuera definitiva.

De lo contrario, la próxima vez no sería tan simple como una bofetada.

«Abril, si te interpones en el camino de Simona, ¡haré que desees no haber nacido!»

***

Abril había decidido dejar a Luciano, y para eso, necesitaba cortar todos los lazos. Sus pertenencias y documentos todavía estaban en la villa de él.

Tenía que recogerlos.

No eran muchas cosas, pero tampoco pocas.

Todo lo que le pertenecía cabía en una sola maleta.

El rostro de Marco se iluminó.

—¡Es el señor, ya regresó!

Justo cuando Marco terminaba de hablar, la imponente figura de Luciano ya había bajado del coche. Se acercó a ella con paso seguro y la miró desde arriba.

—Abril, ¿ya terminaste con tu berrinche?

La respiración de Abril se cortó. Aunque ya había decidido dejarlo, un dolor punzante e incontrolable se extendió por su pecho.

Para Luciano, ella siempre era la inmadura, la que hacía dramas.

Incluso después de la boda, después de haber sufrido una humillación y un abandono terribles, e incluso después de que su mejor amigo le pegara, él todavía podía acusarla de hacer un «berrinche».

En ese instante, comprendió con una claridad dolorosa que, todos estos años, su amor y su entrega a Luciano habían sido una completa y absoluta farsa.

Respiró hondo y levantó la vista hacia el frío y distinguido Luciano.

—Luciano, no estoy haciendo ningún berrinche. Y no volveré a hacerlo.

»Terminamos.

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