GENESIS
El corazón me latía tan fuerte que sentía que me iba a salir por la garganta. Estaba en el apartamento de Deivyd y no lograba quedarme quieta. Caminaba de la sala a la cocina, de la cocina al pasillo, del pasillo a la ventana. Miraba el teléfono, lo dejaba. Lo volvía a ver. Volvía a dejarlo.
Acaricié mi vientre con suavidad, intentando calmar a mis bebés.
Ellos estaban inquietos. Como si sintieran mi ansiedad.
—Tranquilos… —susurré—. Ya va a pasar. Todo va a estar bien.
Pero ni yo me lo creía.
Vanesa y Ashly venían en camino. Después de la llamada de Deivyd, viajaron de inmediato. Venían con la esperanza de ver a Ethan. De tocarlo. De escucharlo. De comprobar que no estaba desaparecido, que no estaba muerto, que no era un ladrón… que simplemente estaba encerrado.
Y ahora yo tenía otra noticia encima, otra presión sobre mi pecho. Danilo estaba en la cárcel con un abogado. Danilo me había dicho que el abogado logró solucionar la salida de Ethan. Que iba a quedar libre mientras se investigaba el caso y mientras probaba su inocencia. Eso me ponía más nerviosa.
Porque si Ethan salía… Yo iba a verlo. Después de tanto tiempo. Y no sabía qué iba a sentir. No sabía cómo me miraría. No sabía qué haría yo si lo tenía enfrente. Porque no era solo Ethan. Era el padre de mis hijos. Noticia que él tampoco sabía.
Era el hombre que amé y quizá aún amaba. Era el hombre por el que me fui del país.
Escuché pasos en el pasillo del edificio. Mi cuerpo se tensó. Me acerqué a la puerta, sin respirar. La cerradura se movió.
Y cuando la puerta se abrió, mi mundo se quedó quieto.
Vanesa entró primero. Traía el rostro cansado, pero su mirada se veía viva, como si el viaje le hubiera devuelto un poco de esperanza. En cuanto me vio, se quedó inmóvil un segundo. Luego su expresión cambió y su rostro se suavizó.
—Génesis… —susurró.
Yo no supe qué decir.
Vanesa sonrió con tristeza y caminó hacia mí. Me abrazó con fuerza, como si me conociera desde siempre, como si yo fuera parte de su familia aunque la vida nos hubiera puesto en el peor lugar.
—Estoy contenta de verte —murmuró—. Y… gracias.
Me quedé rígida unos segundos. Luego le devolví el abrazo.
—Vanesa…
—Deivyd me dijo que estás ayudando a Ethan —continuó, apartándose un poco para mirarme—. No sabes lo que significa eso para mí.
Sentí el pecho apretarse. Ashly entró detrás. Ella ni siquiera me miró. Pasó de largo, con la mandíbula tensa.
Vanesa sí se quedó conmigo.
—¿Cómo estás? —preguntó, y su voz sonó sincera.
—Bien —mentí.
Vanesa apretó mis manos un momento.
—Gracias por no dejarlo solo.
No supe qué contestar. En ese instante tocaron el timbre. El sonido me atravesó como una alarma.
Deivyd fue a abrir.
Entraron Danilo y un hombre de traje, el abogado.
Mi corazón se aceleró. Me puse de pie de inmediato.
—¿Qué pasó? —pregunté, mirando a Danilo—. ¿Dónde está Ethan?
Danilo apretó los labios y miró al abogado.
—Explíquele, por favor.
El abogado carraspeó y habló con calma profesional.
—Ethan Fox se encuentra en un proceso de investigación —explicó—. Se determinó que podía enfrentar el proceso en libertad, por falta de elementos definitivos y por irregularidades en el caso.
Mi corazón dio un salto.
—¿Entonces… va a salir?
El abogado bajó la mirada.
—Esa resolución salió hace dos días. Y se ejecutó ese mismo día.
—Cuando llegamos… ya no estaba. Ethan salió libre ese mismo día.
Sentí que el estómago se me hundía. Todo el aire se me fue. Vanesa dio un paso hacia el abogado.
—¿Cómo que ya no estaba? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Saben dónde está?
El abogado negó.
—No tenemos esa información. En estos casos, al recuperar la libertad, el recluso puede retirarse y luego presentarse ante las autoridades cuando se le cite.
Vanesa se llevó una mano al pecho.
Ashly se giró con furia.
—Esto es una maldita broma —espetó—. ¡Una broma más de los Wood! Estamos al punto de inicio, sin saber nada de mi hermano.
Me miró por primera vez, con los ojos encendidos, tenía odio hacia mi.
—¡Tú nos trajiste aquí con mentiras! —me acusó—. ¡Seguro ustedes mismos sacaron a Ethan y lo desaparecieron!
Yo negué rápido.
—¡No! Ashly, yo no…
—¡Cállate! —gritó—. ¡Tú y tu familia destruyeron a mi hermano!
Ashly se lanzó hacia mí.
Danilo se interpuso de inmediato. Tomando la mano de Ashly
—¡Ya basta! —la detuvo con el cuerpo—. No la vas a tocar.
Vanesa levantó la voz con autoridad.
—¡Ashly! —la regañó—. ¡Ya! ¡Compórtate!
Ashly forcejeó un segundo y luego se apartó, temblando de rabia.
—Estoy harta —murmuró, con lágrimas en los ojos—. Estoy harta de que lo destruyan y nadie diga nada.
Y salió del apartamento dando un portazo. Vanesa cerró los ojos, como si esa escena le hubiera robado lo último que le quedaba.

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